—Señor Mateo Ruiz —declaró ella firmemente por el micrófono, escupiendo su nombre con evidente asco—. Usted anda presumiendo que hoy celebra su gran ascenso a la vicepresidencia.
—Pero a su diminuto y machista cerebro se le olvidó un pequeñísimo detalle: en esta maldita empresa, soy yo quien tiene el poder absoluto para decidir quién sube a la cima…
—Y soy yo la única que decide quién cae de rodillas al suelo para rogar por un poco de piedad.
El lujoso salón entero se sumergió en un silencio tan sepulcral que podía escucharse la respiración de la gente. Nadie se atrevía a moverse mientras veían caer al nuevo vicepresidente.
—Esta noche, no solo cancelo su patético ascenso. A partir de este exacto segundo, usted queda despedido y echado a la calle con efecto inmediato.
—Y, por si fuera poco, mi implacable equipo de abogados ya inició formalmente su demanda de divorcio por fuertes daños y severos perjuicios.
—Tengo documentados sus maltratos, sus humillaciones y su descarado intento de fraude. Me voy a encargar personalmente, güey, de que te quedes en la puta calle.
—Te lo juro por mi vida que no vas a ver ni 1 solo peso partido por la mitad.
Tras soltar esa devastadora bomba que dejó a todos atónitos, Elena hizo una leve pero firme señal con la mano derecha hacia las sombras del evento.
Por los laterales del inmenso salón avanzaron rápidamente los miembros de su bufete de abogados y el jefe de seguridad máxima del corporativo, listos para actuar.
—Saquen a este pobre diablo y vividor de mi vista ahora mismo —ordenó ella sin titubear, con la mirada de hielo—. Ya no es parte de este prestigioso corporativo.
—Y queda estrictamente vetado de por vida de poner un solo pie en cualquiera de las 82 sucursales y todas las empresas asociadas a nuestra firma.
Mateo, quebrando en llanto y derrotado por completo, cayó pesadamente de rodillas frente a todo el mundo. Toda su absurda arrogancia se esfumó en cuestión de segundos.
—¡Elena, por favor, mi amor! ¡No me hagas esto, te lo ruego! ¡Yo no sabía nada de esto, perdóname, neta te amo con todo mi corazón!
Gritó llorando a mares, perdiendo toda su dignidad, arrastrándose patéticamente por la alfombra roja intentando alcanzar los carísimos zapatos de diseño de su esposa.
Pero ya era demasiado tarde. Los mismos ojos que horas antes la miraban con asco absoluto, ahora la miraban con el terror puro de un perro apaleado y abandonado.
Sofía, su nueva acompañante, retrocedió tapándose la cara de vergüenza para que nadie la grabara. Su padre estaba rojo de coraje por la inmensa humillación pública.
Los mismos invitados elitistas que minutos antes se peleaban a empujones por felicitar y lamerle las botas a Mateo, ahora murmuraban señalándolo con asco como a un leproso.
Mateo lloró de forma humillante en medio del gran y brillante salón. Lloró frente a las cámaras de la prensa, los políticos y los millonarios cuya aprobación tanto había mendigado.
Mientras los fornidos elementos de seguridad corporativa lo agarraban de los brazos y lo arrastraban sin cuidado como un vil bulto de basura hacia la oscura calle…
Elena no se molestó en dedicarle ni 1 sola mirada de compasión. Él ya era menos que un fantasma. Ya no existía para ella ni para el mundo millonario en el que ahora gobernaba.
Porque ese mismo fuego salvaje que él usó de manera tan cobarde e infantil para quemar el sencillo y humilde vestido de su leal esposa…
Ese mismo fuego fue el que terminó consumiendo su propia carrera, su credibilidad, su reputación y todo su prometedor futuro para siempre.
Esa inolvidable noche, Elena Garza no solo renació de entre las oscuras cenizas del patio de su casa como un glorioso ave fénix imparable.
Esa noche de justicia pura y cruda, recuperó la pesada corona dorada que siempre le había pertenecido por absoluto derecho de sangre.
Y a él, a ese infeliz malagradecido que la traicionó, lo dejó exactamente en la misma horrible miseria en la que él la quiso hundir y ver sufrir:
Completamente solo en la fría banqueta, humillado ante todo México, con el alma totalmente destruida… y con las manos absolutamente vacías para el resto de su vida.