Su familia política la encerró en pleno parto para irse de vacaciones con su dinero; 7 días después, la venganza que encontraron al volver los dejó en la calle.

PARTE 1

El dolor la golpeó de repente, como un cuchillo de acero helado clavándose directamente en su bajo vientre. Isabella cayó de rodillas, agarrándose con fuerza al borde del sofá de diseñador en su exclusiva mansión de Lomas de Chapultepec, una de las zonas más adineradas de la Ciudad de México. A sus 38 semanas de embarazo, el sudor frío empapaba su frente. Intentó convencerse de que era una falsa alarma, pero la segunda contracción llegó con una furia brutal, haciéndola soltar un grito sordo y entrecortado.

Levantó la vista hacia la sala de estar. Allí estaban Mateo, su esposo; Doña Carmen, su suegra; y Valeria, su cuñada. Ninguno mostraba la más mínima preocupación por ella. En sus rostros solo había molestia, enfado y un toque de desprecio. Estaban vestidos con ropa impecable, rodeados de 3 enormes maletas, listos para iniciar un viaje de 7 días a un resort de ultra lujo en Los Cabos. Todo había sido pagado íntegramente con el dinero de Isabella, quien a base de esfuerzo había construido un imperio de bienes raíces y boutiques desde cero.

—Qué buena actriz saliste, cuñadita —dijo Valeria, ajustándose sus lentes oscuros con evidente sarcasmo—. El médico dijo que faltaba 1 semana. ¿Justo hoy tienes que armar este teatrito para arruinarnos las vacaciones? Qué bien calculado.

Isabella soltó un gemido desgarrador, apretando los dientes. —No es teatro. Rompí la fuente. Mateo, por favor, llama a una ambulancia. El bebé ya viene.

Mateo, acomodándose el costoso reloj suizo que ella misma le había regalado en su aniversario, desvió la mirada. Su debilidad de carácter siempre había sido su mayor defecto. —Ay, Isabella, no exageres. Seguro es un dolor estomacal o contracciones falsas. Entra al cuarto y descansa. Nos vamos y regresamos rapidito, te lo prometo.

¿Rapidito? Llamaba rápido a 7 largos días de ausencia mientras ella daba a luz. El claxon de la camioneta privada de transporte sonó afuera. Doña Carmen, aliviada de no tener que lidiar con el problema, agitó la mano con total desdén.

—Ya llegó el chofer. Vámonos rápido o perdemos el vuelo de primera clase. Que dé a luz, no se va a morir por eso. Ya está grandecita, que pida un taxi al Hospital Ángeles.

Doña Carmen y Valeria salieron triunfantes y felices, arrastrando sus equipajes. Mateo se quedó 1 segundo en la puerta, viendo a su esposa retorcerse en el piso sobre un charco de líquido amniótico. La duda cruzó por sus ojos, pero su naturaleza cobarde ganó. —Lo siento, Isabella, no puedo hacer enojar a mi mamá. Cuídate mucho —murmuró, dándole la espalda.

Pero la verdadera pesadilla apenas comenzaba. Desde el otro lado de la inmensa puerta, Isabella escuchó la voz venenosa de Doña Carmen.

—Mateo, ponle la doble llave a la puerta de alta seguridad. No vaya a ser que la loca esta intente seguirnos al aeropuerto para hacer un escándalo. Déjala bien encerrada.

Dos pesados clics metálicos resonaron en la casa. La habían encerrado por fuera. Sola, en medio de un parto inminente, tirada en un piso de mármol helado, sin salida. El silencio de la casa era sepulcral, contrastando cruelmente con el agonizante dolor de su cuerpo. Isabella miró hacia la puerta blindada, comprendiendo que acababan de dictarle una sentencia de muerte a ella y a su bebé. La oscuridad amenazaba con devorarla, y mientras una nueva contracción desgarraba sus entrañas, no podía creer lo que estaba a punto de suceder…