Mi padre resopló, molesto, como si yo estuviera armando un escándalo por capricho.
—Sáquenla ya de aquí —dijo—.
Me está poniendo incómodo.
Daniela llegó diez minutos después con su carriola, una bolsa enorme y esa media sonrisa de siempre.
Miró mis ojos hinchados, el camisón manchado, la maleta mal cerrada junto a la puerta, y soltó:
—Por fin voy a tener la habitación para mí sola,
sin tu drama.
No recuerdo bien cómo bajé las escaleras. Solo sé que Valeria empezó a llorar, que yo apenas veía por las lágrimas y que el aire frío de la calle me cortó la piel cuando crucé el portón con una mano en la barriga y la otra sujetando el capazo.
Entonces el coche de Mateo dobló la esquina. Frenó en seco al verme de pie en la banqueta, pálida, despeinada, temblando.
Se bajó, dejó la bolsa de la farmacia sobre el asiento y miró primero mis manos, luego mi pelo revuelto, después la sangre que asomaba bajo la tela del camisón.