Un día después de mi cesárea, mis propios padres me echaron de casa para darle mi habitación a mi hermana y a su recién nacido. Apenas podía mantenerme en pie, le rogué a mi madre que me dejara descansar.

PARTE 2
ateo no perdió un segundo en discutir.
Me ayudó a sentarme en el coche con una delicadeza que contrastaba con el temblor duro que llevaba en la mandíbula.
Abrochó el capazo de Valeria y, antes de arrancar, hizo tres fotos.
Una a mi pelo arrancado en la sien.
Otra a la bolsa tirada en la banqueta.
Y una tercera a mis padres y a Daniela en la puerta del edificio.
Mi madre empezó a chillar que él no tenía derecho.
Pero Mateo ni la miró.
Condujo directo a urgencias del hospital donde me habían dado el alta la mañana anterior.
Allí, cuando la enfermera vio la tensión de la cicatriz y el estado en que llegué, pidió al médico que me revisara de nuevo.