UN GRANJERO SORDO SE CASA CON UNA CHICA OBESA COMO PARTE...

Él no podía oírla, claro. Pero vio sus labios moverse y, con una mano temblorosa, buscó el cuaderno. Solo escribió dos palabras torcidas:

“Pasa seguido.”

Clara no le creyó. Nadie a quien “le pasa seguido” termina así, retorciéndose en el suelo.

Le llevó un paño húmedo, lo ayudó a recostarse y se quedó a su lado hasta que el espasmo cedió. Antes de dormir, Elías solo escribió una frase:

“Gracias.”

Clara comenzó a observar. Lo vio, algunas mañanas, llevarse la mano al lado derecho de la cabeza con un gesto involuntario. Vio manchas de sangre en la almohada. Vio la forma en que contenía el dolor, como si ya fuera parte de su rutina. Una noche, le preguntó por escrito desde cuándo estaba así.

Elías respondió:

“Desde pequeño. Los médicos dijeron que estaba relacionado con mi sordera. Que no había solución.”

Clara escribió:

“¿Les creíste?”

Tardó en responder.

“No.”

Tres noches después, Elías cayó de su silla en plena cena. El golpe resonó seco contra el suelo. Clara corrió hacia él. Se retorcía de dolor, aferrándose la cabeza. Acercó una lámpara a su rostro, apartó con cuidado su cabello y miró dentro del oído inflamado. Lo que vio le heló la sangre.

Había algo ahí dentro.
Algo oscuro.
Algo vivo.

Se movió.

Clara retrocedió un instante, con el corazón a punto de estallar, y luego respiró hondo como si se lanzara al vacío. Preparó agua caliente, unas pinzas de costura y alcohol. Elías, pálido y sudoroso, la miró con desconfianza y miedo. Ella escribió con mano firme:

“Hay algo en tu oído. Déjame sacarlo.”

Él negó con violencia. Le arrebató el cuaderno y escribió:

“Es peligroso.”

Clara tomó el lápiz y respondió:

“Más peligroso es dejarlo ahí. ¿Confías en mí?”

Elías la miró durante unos segundos eternos. Luego, muy lentamente, asintió.

Clara trabajó con el pulso tembloroso, pero con la decisión clavada en el pecho. Introdujo las pinzas poco a poco, mientras él se aferraba al borde de la mesa hasta quedarse blanco. Sintió resistencia. Luego, un tirón. Y de pronto, algo se retorció dentro del metal.

La mañana en que Clara Valdés se convirtió en esposa, la nieve caía sobre la sierra de Chihuahua con una paciencia triste, como si el cielo mismo supiera que aquel no era un día de fiesta, sino de resignación.
Clara, de veintitrés años, se miró en el espejo agrietado de la casa de adobe y alisó con manos temblorosas el vestido de novia de su madre. El encaje amarillento olía a alcanfor, a años guardados y a promesas rotas. No temblaba por el frío. Temblaba de vergüenza.

Su padre, don Julián Valdés, tocó la puerta con los nudillos.

—Ya es hora, hija.

Clara cerró los ojos un segundo.

—Estoy lista —mintió.
La verdad era más fea y más simple. Su padre debía cincuenta pesos al banco local. Cincuenta. Exactamente la misma cantidad por la que iban a entregarla en matrimonio a un hombre que no había elegido. En la casa le llamaban “arreglo”. El gerente del banco le decía “solución”. Su hermano Tomás, que olía a pulque desde antes del amanecer, lo llamaba “suerte”.

Clara lo llamaba por su nombre.

Venta.