UN GRANJERO SORDO SE CASA CON UNA CHICA OBESA COMO PARTE DE UNA APUESTA; LO QUE ELLA SACÓ DE SU OREJA DEJÓ A TODOS ATÓNITOS.
Nada más.
Sin cortejo. Sin preguntas. Ni una sola señal de ilusión.
La ceremonia duró menos de diez minutos. El padre Ignacio pronunció las palabras como quien cumple con una obligación incómoda. Clara repitió los votos con una voz que no parecía suya. Elías se limitó a asentir cuando era necesario. Cuando llegó el momento del beso, apenas rozó su mejilla con los labios y se apartó de inmediato.
No parecía feliz.
Tampoco parecía cruel.
Eso, por extraño que fuera, volvió a Clara aún más inquieta.
El viaje al rancho duró casi dos horas. Él condujo la carreta en silencio. Ella, a su lado, llevaba las manos entrelazadas sobre las rodillas y observaba el paisaje blanco que se extendía hasta perderse de vista. Al llegar, encontró una casa de madera maciza, un corral, un granero, un pozo y, más allá, bosque y montaña. Ningún vecino. Ninguna luz cercana. Solo viento, nieve y un silencio inmenso.
Elías la ayudó a bajar y la condujo al interior. La casa era austera, pero limpia. Una mesa, dos sillas, una chimenea encendida, una pequeña cocina y una habitación al fondo. Sacó el cuaderno y escribió:
“La habitación es tuya. Yo dormiré aquí.”
Clara lo miró, sorprendida.
—No hace falta.
Él volvió a escribir:
“Está decidido.”
Esa noche, mientras deshacía su pequeña maleta en la habitación, Clara lloró por primera vez desde que todo comenzó. Sin hacer ruido. Simplemente dejó que las lágrimas cayeran sobre el viejo vestido de su madre, como si cada una enterrara una parte de la vida que ya no tendría.
Los primeros días fueron fríos en todos los sentidos. Elías se levantaba antes del amanecer, salía a atender el ganado, reparar cercas o cortar leña, y regresaba con la ropa impregnada de humo y viento. Clara cocinaba, barría, cosía y lavaba en silencio. Se comunicaban con el cuaderno.
“Habrá tormenta.”
“Debo revisar el pozo.”
“La harina está en el cajón de arriba.”
Nada más.
Sin embargo, al octavo día, algo cambió.
Clara se despertó en plena noche por un ruido brusco, ahogado, como el gemido de un hombre que intenta no hacer ruido. Salió de la habitación y encontró a Elías en el suelo, cerca de la chimenea, con la mano apretada contra un lado de la cabeza. Su rostro estaba contraído por el dolor, la piel húmeda de sudor y el cuerpo tenso como una cuerda a punto de romperse.
Clara se arrodilló a su lado.
—¿Qué te pasa?