Mariana no discutió. Solo abrió el cajón de la mesa de noche y sacó un sobre doblado.
Dentro había una copia de mi credencial, una hoja con datos de mi pueblo, el nombre de mi madre, la dirección de la casa de lámina donde vivía mi hermana… y arriba, escrito a mano, una frase: “Joven sin respaldo. Necesitado. Fácil de manejar”.
Sentí que me faltaba el aire.
Eso no lo sabía Don Ricardo solo.
Eso lo había dado alguien cercano.
Y ese alguien tenía mi confianza.
Me llevé una mano a la cara. Quise pensar. Quise romper algo. Quise salir corriendo y al mismo tiempo esconderme.
Mariana me tocó el brazo.
—Todavía puedes salvarte —dijo—. Pero si lo haces, no lo hagas a medias.
—¿Y tú?
Ella apartó la mirada.
—Yo ya estoy cansada de vivir así.
No supe qué me dolió más: la frase o la paz con la que la dijo.
Entonces tomé una decisión.
—No te voy a dejar aquí.
Mariana me miró como si no entendiera esas palabras.
Como si nadie se las hubiera dicho antes.
—No me debes nada, Diego.
—No. Pero tu papá creyó que compraba a un cobarde y se equivocó.
Busqué mi teléfono. No estaba.
Tampoco el suyo.
—Nos los quitaron —dijo Mariana—. “Para que descansáramos”.
Claro.
Me acerqué a la ventana. Afuera había jardín, reja alta y una camioneta estacionada junto al portón. Dos hombres fumaban cerca de la entrada.
—Hay otra salida?
—Por la lavandería. Da al patio de servicio. Pero siempre cierran con llave.
—¿Siempre?
—Casi siempre.
La ayudé a ponerse de pie. Le costó. No por su peso, como yo habría pensado antes, sino por el dolor. Hizo una mueca apenas apoyó los pies.
—¿Puedes caminar?
—Puedo intentar.
Nos movimos sin hacer ruido. Cada paso parecía más fuerte que un golpe. Abrimos la puerta del cuarto lentamente. El pasillo estaba oscuro, pero al fondo se veía una línea de luz amarilla.
Bajamos la escalera de servicio.
Yo iba delante.
Mariana respiraba con dificultad detrás de mí.
Al llegar a la cocina oímos voces.
Nos agachamos junto al marco.
Era Don Ricardo.
Y con él estaba Carlos.
—Mañana mismo le haces firmar —decía Don Ricardo con calma—. Si se pone nervioso, le recuerdas a la mamá.
Sentí una punzada helada en el pecho.
Carlos respondió en voz baja:
—No hará problema. Cree que todavía soy su amigo.
Don Ricardo soltó una risa seca.
—Los pobres son fáciles cuando les das un techo. Más fáciles cuando tienen miedo.
Apreté los dientes tan fuerte que me dolió la mandíbula.
Mariana me sujetó la muñeca para que no saliera corriendo a matarlos ahí mismo.
Tenía razón.
Si nos descubrían, no salíamos.
Esperamos.
Un minuto.
Dos.
Hasta que los pasos se alejaron hacia el despacho.
Seguimos hasta la lavandería.
La puerta del patio tenía candado.
Mariana empezó a temblar.
Yo miré alrededor y vi una barra metálica apoyada junto a un anaquel. La tomé, metí la punta entre la argolla y la madera, y apalanqué con toda la fuerza que me habían dado años cargando costales y mezclando cemento.
El metal chilló.
La cerradura cedió.
Abrimos.
El aire frío de la madrugada me golpeó la cara.
Por primera vez en toda la noche sentí algo parecido a esperanza.
Salimos al patio.
Nos movimos pegados a la pared.
Solo faltaban unos metros para la reja lateral cuando una voz nos congeló la sangre.
—Yo sabía que la gorda iba a intentar largarse.
Carlos salió de la sombra con una pistola en la mano.
Detrás de él apareció Don Ricardo, sereno, impecable, como si hubiera estado esperando ese momento desde antes de la boda.
Miró a Mariana con desprecio.
Luego me miró a mí.
Y sonrió.
—Hijo… acabas de cometer el peor error de tu vida.
ría haber nada.