—También se los doy —dijo—. Mi mamá merece lo más bonito.
Tuve que darme la vuelta un segundo.
Celeste cogió el ramo con los dos brazos. Era casi más grande que ella. Antes de salir, se giró.
—Gracias, señora.
No lo dijo alto.
Pero lo dijo de una forma que se me quedó dentro.
Una hora después, cuando ya iba a cerrar, vi a Celeste en la puerta.
A su lado había una mujer. Abrigo sencillo, el pelo recogido con prisas, el rostro cansado. Sostenía el ramo contra el pecho como si temiera despertar de un sueño.
Me miró durante un largo momento.
Luego dijo:
—No sé qué le habrá contado mi hija. Pero hoy me ha recordado que no soy solo una mujer cansada. Sigo siendo su mamá.
Celeste se apretó a su lado.
La madre bajó la vista hacia el ramo.
—Le ha hecho creer que su amor bastaba.
Yo negué con la cabeza.
—No. Lo pagó ella. Con todo lo que tenía.
La madre no respondió. Se le llenaron los ojos de lágrimas y solo asintió.
A veces los agradecimientos más verdaderos no hacen ruido.
Desde ese día guardo una moneda de dos céntimos en el cajón de la caja. No porque valga mucho.
Sino porque me recuerda por qué sigo abriendo esta tienda cada mañana.
- Pagamos alquiler, compras, horas y facturas.
- Luego entra una niña con 1 euro y 87 céntimos.
- Y te enseña que lo que más vale nunca lleva etiqueta.
En la vida pasamos el tiempo contando. Hasta que alguien pequeño nos recuerda que el amor, cuando es de verdad, pesa más que cualquier precio.