Una tarde a principios de julio, el malecón de Puerto Vallarta estaba abarrotado. Las risas, los gritos de los niños que jugaban y el sonido de la música de mariachi se mezclaban con el murmullo de las olas del Pacífico. Pero para la señora Elena, el recuerdo de este lugar sería siempre una herida profunda que nunca sanaría. Ocho años antes, justo allí, había perdido a su única hija, la pequeña Sofía, que acababa de cumplir 10 años.