Se llamaba Chloé, y en los valles apartados de Alta Saboya decían que el invierno la respetaba porque nunca le había mostrado miedo. A finales de octubre, cuando el aire cortante bajaba de las cumbres con olor a piedra helada y nieve en camino, su viejo chalet seguía brillando como un corazón vivo en medio de la inmensidad blanca. Era una casa de madera robusta, levantada por manos tenaces y reparada una y otra vez tras la muerte de su marido, ocurrida dos años antes. Desde aquella pérdida, Chloé había aprendido a sobrevivir por sí misma, negándose a ocupar el papel de víctima. No era una mujer rota, sino una mujer endurecida por la vida.
A sus 26 años, conocía aquellas montañas mejor que muchos guías. Sabía leer las nubes sobre las crestas, distinguir un frío pasajero de una tormenta peligrosa y encontrar agua bajo la nieve. En las repisas de su cocina no había adornos lujosos, solo frascos con ungüentos de árnica, flores secas de manzanilla, genepi y tinturas de romero. Los vecinos de los pueblos cercanos acudían a ella cuando una fiebre se descontrolaba o cuando el dolor del alma pesaba más que el del cuerpo.
No vivía completamente sola. Compartía su aislamiento con Gustave, un viejo macho cabrío alpino de un solo ojo, mal carácter y una costumbre detestable de morder todo lo que encontraba.
«Te he visto, miserable criatura», le dijo Chloé una tarde al descubrirlo mordisqueando la manga de su jersey de lana. «Eres el único macho que todavía me escucha en estas montañas, pero tus modales son pésimos».
Gustave respondió con un balido indignado, arrancándole una sonrisa. Ella hablaba con él y también con el viento. No era locura; era su forma de impedir que el silencio se instalara para siempre en su garganta.
Pero aquella tarde el silencio cambió de forma. El sol brillaba con insolencia cuando, de pronto, fue tragado por una muralla de nubes negras que avanzaba desde el norte. Los pájaros dejaron de cantar. Chloé, que recogía las últimas bayas de la temporada, se quedó inmóvil. Primero lo olió: no era la humedad común de la lluvia, sino un aire metálico y cortante, anuncio de una ventisca capaz de partir las rocas.
En menos de diez minutos, el otoño desapareció y el invierno cayó de golpe. La temperatura bajó con violencia. Los primeros copos llegaron casi en horizontal, empujados por un viento feroz. Chloé actuó con precisión: encerró a Gustave en el establo, guardó leña, cerró las contraventanas y estaba a punto de asegurar la pesada puerta de roble cuando lo oyó. No era un lobo ni un zorro. Era el relincho desesperado de un caballo.
Cualquier persona sensata se habría refugiado. Pero Chloé era una mujer acostumbrada a ayudar. Se puso su abrigo de piel de oveja, tomó una cuerda y una lámpara de aceite, y se adentró en la nieve. Avanzó hasta el borde de su terreno, donde la pendiente caía hacia un barranco cubierto de árboles. Al levantar la luz, distinguió una masa oscura: un pesado trineo de madera, quizá alquilado o robado en algún refugio cercano, encajado entre dos rocas. El caballo, aterrado, forcejeaba entre las correas.
Chloé descendió resbalando y cortó las correas de cuero para liberar al animal exhausto. Entonces vio lo que había debajo del trineo: un hombre joven, con el rostro pálido y los labios amoratados por el frío, apoyado contra el tronco de un árbol. Solo llevaba una camisa fina y mojada. Su abrigo, demasiado grande, cubría a dos pequeñas figuras que apretaba contra su pecho con desesperación.
Chloé cayó de rodillas y levantó la tela. Dos niñas. Gemelas de unos cinco años, con los ojos abiertos de par en par por el miedo. Una de ellas rozó el guante de Chloé y susurró: