PARTE 1
—¡Frótate más fuerte, mugrosa! ¡Si Julián te ve así, hasta él mismo va a querer sacarte de esta casa!
La bolsa con los mamelucos y el ramo de flores se me resbalaron de las manos, pero nadie volteó a verme. Los sollozos de mi esposa tapaban cualquier otro sonido.
Yo me llamo Julián Ortega, tengo treinta y tres años y trabajo como directivo en un banco de inversión en Santa Fe, en la Ciudad de México. En los últimos dos años me convertí en ese tipo de hombre que siempre trae el celular vibrando, que vive entre juntas, vuelos a Monterrey y cenas con clientes. Me repetía que lo hacía por nuestra familia, por el futuro de nuestro hijo. Mi esposa, Abril, estaba embarazada de siete meses. Era nuestro primer bebé.
Abril no tenía a nadie más. Había crecido sin padres, pasando de una casa a otra, aprendiendo demasiado pronto a no estorbar. Era dulce, callada, de esas personas que piden permiso hasta para llorar. Yo sabía que el embarazo la cansaba, que se mareaba seguido, que a veces se quedaba dormida sentada en el sillón esperándome. Por eso contraté a una empleada doméstica “de absoluta confianza”, carísima, recomendada por la esposa de un compañero del banco. Se llamaba Berta.
Ese viernes mi última reunión se canceló. Sonreí como un tonto. Pasé por unas rosas blancas, compré ropita para el bebé y unos pañalitos con estampado de ositos. Quería sorprender a Abril. Quería verla feliz.
Pero al entrar a la sala sentí que el aire se me convirtió en hielo.
Abril estaba de rodillas sobre el piso de mármol, empapada en agua gris de cubeta. Con una mano sostenía como podía su vientre enorme y con la otra se restregaba los brazos y las piernas con un trapo áspero, hasta dejarse la piel roja. Lloraba en silencio, con la respiración cortada, como si tuviera miedo incluso de hacer ruido.
—Ya casi… ya casi me limpio… —decía entre jadeos—. Perdón… perdón…
Frente a ella, Berta estaba sentada en mi sillón favorito, viendo una telenovela a todo volumen y comiéndose la fruta que yo había comprado para Abril esa misma mañana. En una esquina del comedor estaban mi madre y mi hermana Paola, que habían ido “a acompañarla un rato”. Ninguna se movía. Mi madre apretaba su bolso contra el pecho; Paola tenía los ojos llenos de vergüenza, pero las dos permanecían inmóviles, como si Berta fuera una tormenta que no se podía detener.
—¡Más fuerte! —gritó Berta sin despegar la vista de la televisión—. ¡Mírate esa piel! ¡Toda percudida! ¿Tú crees que un hombre como Julián quiere llegar de trabajar y encontrarse con esto? Das asco. Hueles a pobreza.
Abril se frotó con más fuerza. La vi temblar.
—No le diga nada, por favor —suplicó—. No quiero que se decepcione de mí. Me voy a bañar otra vez… no me deje sola…
Se me revolvió el estómago.
Berta soltó una risa seca.
—¿De verdad crees que un hombre como él se queda tanto tiempo en la oficina por trabajo? No, mi reina. Se tarda porque no quiere verte así. Y si sigues haciendo escándalo, le voy a decir que te estás volviendo loca. A una huérfana triste nadie le cree. Te internan facilito y el niño se queda aquí.
Abril bajó la cabeza y empezó a frotarse los hombros con una desesperación que me partió el alma.
Entonces di un paso al frente.
El silencio se rompió de golpe.
Berta levantó la vista, me vio en la entrada y se puso blanca. Mi madre abrió la boca, pero no le salió ni una palabra. Paola se tapó los labios con la mano.
Yo miré a mi esposa, a sus rodillas marcadas contra el piso, a sus brazos irritados, a su cara destruida por el miedo… y entendí, en un segundo brutal, que mientras yo creía estar construyendo un hogar, había dejado sola a la mujer que más amaba con su peor verdugo.
Y lo que estaba a punto de descubrir era todavía peor.