Mi nombre es Rodrigo Abundio Mendoza Flores. Hoy tengo 74 años y camino un poco encorvado, no por la edad, sino porque pasé 30 años cargando sacos de papas que nunca fueron mías. Pero eso viene después. Primero, déjenme contarles cómo un muchacho flaco de Jalisco terminó casado con una viuda rusa en menos de 48 horas. Todo comenzó un martes. Lo sé porque era martes cuando corrí por el mercado de la merced con un saco de papas en el hombro y dos hombres persiguiéndome mientras gritaba.
No es lo que parece, señores. Yo solo obedezco órdenes. Uno de ellos, un tipo gordo con bigote de revolucionario, me gritó, “Ladrón! Esas papas son mías! El otro, más flaco, pero más rápido, casi me alcanza en el puesto de Chiles. La rusa te engañó, Yo esquivé una pirámide de aguacates, salté sobre una caja de pollos vivos y seguí corriendo como si el mismísimo me persiguiera. Porque en ese momento, amigos míos, el tenía acento ruso y me había prometido un futuro próspero.
Pero vayamos al principio. Llegué a la Ciudad de México tres semanas antes con 200 pesos en el bolsillo, una maleta de cartón y la ambición de un conquistador. Mi madre me había despedido en la estación de autobuses de Guadalajara con lágrimas en los ojos y un rosario en las manos. Mi hijo me dijo, “Ten cuidado con las mujeres de la capital, son diferentes. Yo tenía 19 años y la arrogancia de quien nunca ha fracasado porque nunca ha intentado nada.
Amá, voy a hacerme rico. Cuando regrese le compro una casa con dos pisos.” Tres semanas después vivía en una vecindad de Tepito compartiendo un cuarto con cinco tipos que roncaban como motores descompuestos. Trabajaba en el mercado de la Merced cargando cajas desde las 5 de la mañana. Me pagaban una miseria, pero comía gratis los jitomates aplastados y las tortillas del día anterior. Fue ahí donde la conocí. Es Betlana Ivanova Volkov. Cuando la vi por primera vez estaba discutiendo con un proveedor de zanahorias.