Bueno, discutiendo es poco. Lo tenía agarrado por el cuello de la camisa mientras le decía en un español con acento musical, “Estas zanahorias están podridas, chepe. ¿Crees que soy idiota? ¿Crees que porque soy mujer no sé de verduras?” El tal Chepe, un tipo que le sacaba dos cabezas, temblaba como gelatina. “No, doña Svetlana, fue un error. Se lo juro por mi madre. Tu madre estaría avergonzada”, dijo ella soltándolo. “Tráeme otras para mañana frescas o busco otro proveedor.” Me quedé ahí parado con una caja de lechugas en los brazos, mirándola como si fuera una aparición.
Sbetlana tenía 35 años, pero los llevaba como reina, alta, fuerte, con el cabello rubio recogido en una trenza gruesa y unos ojos azules que te atravesaban el alma. usaba un delantal verde sobre un vestido floreado y cuando se volteó y me vio mirándola, sonrió de una manera que me hizo sentir como un niño descubierto robando dulces. “¿Tú qué miras, flaco?”, me preguntó, pero sin dureza, casi jugando. “Nada, señora, perdón. Seguí mi camino, las orejas ardiendo. No soy señora”, me gritó.
“Soy señorita, viuda, pero señorita. Varios hombres en el mercado se rieron. Uno de ellos, don Nacho, un vendedor de especias que me había tomado cariño, me jaló del brazo cuando pasé junto a su puesto. Oye, chamaco, ten cuidado con la rusa. ¿Por qué? Pregunté todavía sintiendo esos ojos azules en la nuca. Esa mujer tiene un enorme patrimonio de deudas con medio mercado. El esposo se murió hace dos años y le dejó el changarro, pero también le dejó compromisos con todos los proveedores del centro.
Es guapa, sí, pero está hundida hasta el cuello. Yo a sentí, pero honestamente solo escuché enorme y mi cerebro de 19 años llenó el resto con fantasías. Pensé, patrimonio, negocio, viuda joven, una oportunidad. Qué idiota fui. Los siguientes días empecé a pasar más seguido, por supuesto. Ella vendía verduras, papas, cebollas, todo tipo de tubérculos. Su barraca era de las más grandes del mercado, con un letrero pintado a mano que decía: “Verduras la Moscovita, los mejores precios. Sbedlana me cachó desde el segundo día.
Otra vez tú, flaco. ¿Te gustan las papas o te gusto yo? Casi tiro la caja que llevaba. Las papas, señor, señorita, digo, las dos cosas, digo. Los otros cargadores se carcajearon. Ella se ríó una risa profunda y genuina. Eres gracioso. ¿Cómo te llamas? Rodrigo Mendoza para servirle. Rodrigo pronunció mi nombre como si fuera una palabra en ruso. Ven, ayúdame a acomodar estos costales. Ese fue mi error. Bueno, el primero de muchos. Empecé a ayudarla en mis ratos libres.
Ella me pagaba con comida, tacos de papa con chorizo, aguas frescas y a veces, cuando el día había sido bueno, unas cervezas al terminar. Me contaba historias de Rusia, de su infancia en un pueblo cerca de Moscú, de cómo había llegado a México siguiendo a un ingeniero que prometió llevarla a París, pero se quedó sin dinero en Veracruz. “Me casé con él aquí”, me dijo una tarde pelando papas con una velocidad hipnótica. Era buen hombre, pero mal para los negocios.
Confiaba en todos. le prestaba dinero a cualquiera que le contara una historia triste. Cuando se murió, descubrí que debíamos más de lo que teníamos. ¿Y cómo le hace para seguir adelante?, pregunté genuinamente curioso. Ella me miró con esos ojos azules y sonríó de lado. Inteligencia, Rodrigo, y un poco de, ¿cómo dicen ustedes? Mañas. Tendría que haber preguntado qué tipo de mañas, pero estaba demasiado ocupado enamorándome como un tonto. Fue don Nacho quien volvió a advertirme dos semanas después.
Chamaco, te veo muy pegado a la rusa. ¿Ya te dijo que está buscando socio? Socio. Sí, socio. Alguien que ponga dinero o trabajo. Alguien que la ayude a salir del hoyo. Ha hablado con medio mercado, pero nadie quiere meterse. Esa mujer es lista, pero su negocio es una bomba. No me ha dicho nada de eso, respondí sintiéndome especial, como si yo fuera diferente, como si nuestra conexión fuera real y no transaccional. Esa misma noche, Sbetlana me invitó a cenar a una fonda cerca del mercado.
Llevaba un vestido azul que le quedaba perfecto y se había soltado el cabello. Parecía una actriz de cine. Rodrigo me dijo después del segundo tequila poniendo su mano sobre la mía. Eres diferente a los otros hombres aquí, trabajador, noble, guapo. Sentí que el corazón se me iba a salir del pecho. Gracias, Esbetlana. Quiero ofrecerte algo, un futuro. Tú y yo juntos podemos hacer crecer el negocio. Yo tengo experiencia, contactos, clientela. Tú tienes juventud, fuerza. Podemos ser socios.
Socios. Repetí como un perico. Sí, fifty fifty, como dicen los gringos. Pero se acercó más, su perfume invadiendo mi nariz, su voz bajando a un susurro. Rodrigo, los negocios en México son complicados. La gente no confía fácil. Sería mejor si fuéramos más que socios. No soy tonto. Bueno, sí soy tonto, pero entendí lo que estaba sugiriendo. Se está refiriendo a casarnos, Rodrigo, tú y yo, una sociedad completa, legal, fuerte. El mundo se detuvo. Una mujer hermosa, europea, con negocio propio, me estaba proponiendo matrimonio.
A mí, un muerto de hambre de Jalisco que tres semanas atrás no conocía ni el metro. ¿Y el amor? Pregunté porque mi madre me había criado con telenovelas y algo de romanticismo tenía. Sbetlana sonríó, se acercó más y me besó. No fue un beso fue un beso que prometía cosas, que borraba preguntas, que convertía dudas en certezas. “El amor viene después”, susurró contra mis labios. Primero viene la decisión. Dos días después nos casamos. Fue una ceremonia rápida en un juzgado de Coyoacán.
Los testigos fueron dos borrachos que Esbetlana pagó con 50 pesos cada uno. Yo usé mi única camisa limpia. Ella llevaba un vestido blanco sencillo y un ramo de flores que compró en el mercado. Te prometo, Rodrigo Abundio. Mendoza Flores, dijo mientras firmábamos los papeles, que no te vas a arrepentir. El juez nos declaró marido y mujer. Los borrachos aplaudieron. Vedetlana me besó con una intensidad que me mareó. Esa noche en su pequeño departamento arriba del mercado, descubrí que Sbetlana era apasionada.
No voy a dar detalles porque esto es una historia familiar, pero digamos que aprendí más en esas horas que en todos mis 19 años anteriores. Cuando amaneció, yo estaba exhausto, adolorido en lugares que no sabía que podían doler y completamente enamorado. Me despertó con un beso y un café. Mi amor, hay que ir al banco. Necesito que firmes unos papeles. Solo formalidad del negocio. Todavía medio dormido, firmé donde me indicó. Eran como cinco hojas. Ella sonreía todo el tiempo acariciándome el cabello.
Eres tan confiado, Rodrigo. Eso me gusta. Tres horas después, mientras ayudaba en el puesto, llegaron los camiones, siete camiones, descargando toneladas de papas, no papas normales, papas medio podridas, con brotes verdes, oliendo a tierra húmeda y decepción. Sbetlana había desaparecido. El conductor del primer camión, un tipo enorme con bigote de revolucionario, se me acercó con una carpeta. ¿Usted es Rodrigo Mendoza? Sí. Su esposa ya pagó el anticipo. Aquí está el resto de la mercancía. Firma de recibido.