Revisó los papeles de Sbetlana y después los míos. “El divorcio de Puebla es válido,” dijo finalmente. “Este nuevo acta de matrimonio es falsa, mal hecha.” De hecho, el papel es correcto, pero el sello es de hace 3 años. Trabajo de aficionado. “Entonces, ¿noy casado?”, pregunté sintiendo esperanza por primera vez. No, estás divorciado. Pero el abogado suspiró, el problema es que Sbetlana puede causar muchos problemas legales antes de que se demuestre que es fraude. Puede denunciar, iniciar procesos, ensuciar nombres.
Es su especialidad. Entonces, ¿qué hacemos?, preguntó Boris. Le damos lo que quiere. 20,000 pesos, pero con condición. Firma documento legal diciendo que nunca va a contactar a Rodrigo o a su familia. Otra vez si rompe acuerdo, va a cárcel por extorsión. No quiero darle ni un peso dije con rabia. Yo tampoco, dijo Boris. Pero es más barato que pleito legal y más rápido. Irina negó con la cabeza. No, ya pagamos una vez. Si pagamos otra vez, va a volver.
Y otra vez, y otra vez. Conozco a mi hermana, no para nunca. El abogado se encogió de hombros. Entonces, la alternativa es reportarla a policía por fraude y extorsión, pero eso toma tiempo y mientras tanto ella puede hacer mucho daño. Estábamos en ese punto muerto cuando Tatiana, que había estado callada en una esquina, habló. Yo tengo idea, todos la miramos. Mi papá conoce gente, gente importante, gente que vedlana no querría tener de enemigos. Miró a Boris, ¿verdad, papá?
Boris entendió inmediatamente. Una sonrisa lenta apareció en su cara. Sí, conozco gente. No me gustaba el tono de esa conversación, pero tampoco tenía muchas opciones. ¿Qué tipo de gente?, pregunté nervioso. Gente de comunidad rusa, gente que no le gusta cuando alguien hace quedar mal a todos los rusos en México. Boris sacó su teléfono. Voy a hacer llamadas. Rodrigo, tú no te preocupes. Esto se arregla rápido. Esa noche no dormí nada. Me quedé en un cuarto arriba del restaurante que Boris me había dado.
Pensé en todas las decisiones que me habían traído a este punto. Pensé en Esbetlana, en las papas, en don Esteban, en mi madre, que probablemente estaba rezando por mí sin saber por qué. A las 3 de la mañana alguien tocó mi puerta. Era Irina. ¿Puedo pasar? Claro. Entró, se sentó en la única silla del cuarto y me miró por un largo momento. Rodrigo, tengo que decirte algo, algo importante. Tomó aire. Yo sabía que Sbetlana iba a volver.
Siempre vuelve. Por eso guardé dinero extra. Por eso te conseguí este trabajo. Por eso se cayó. Por eso, ¿qué? Por eso me quedé cerca de ti, porque sabía que ibas a necesitar ayuda otra vez y porque sus ojos se llenaron de lágrimas. Porque me gustas, Rodrigo, desde el principio, pero no quería decirte mientras tuvieras problemas. No quería ser otra mujer rusa complicando tu vida. El mundo se detuvo otra vez, pero esta vez de manera diferente. Irina, no tienes que decir nada.
Solo quería que supieras y quería que supieras que mañana cuando Boris arregle todo, yo voy a irme un tiempo. Voy a visitar a mi prima en Monterrey. Creo que necesito distancia de mi hermana y de ti para que puedas decidir sin presión. se paró para irse, pero la detuve. Espera, yo también tengo que decirte algo. Me miró esperanzada. Tienes razón. Todas las mujeres rusas han complicado mi vida, pero tú busqué las palabras correctas. Tú también la salvaste dos veces, tres veces, no sé ya ni cuántas veces.
Y eso significa algo. Significa qué significa que me das miedo, pero el tipo de miedo bueno, el tipo de miedo que quiero explorar. Irina sonrió entre lágrimas, se acercó, me dio un beso en la mejilla y salió del cuarto sin decir más. Al día siguiente, Boris me llamó a su oficina. estaba sonriendo. Problema resuelto. Sbetlana ya no va a molestar. ¿Qué pasó? Algunas personas importantes tuvieron conversación con ella muy cordial. Le explicaron que sería mejor para su salud si saliera de la Ciudad de México permanentemente.
Boris se encogió de hombros. Ella entendió perfecto. Ya está en autobús a Tijuana. La amenazaron. Amenazar es palabra fea. Digamos que le ofrecieron alternativa muy clara. Irse voluntariamente o irse involuntariamente. Ella eligió voluntariamente. Me palmeó la espalda. Ya puedes respirar, muchacho. Tu exesposa ya no es problema. Debería haber sentido alivio. Y lo sentí, pero también sentí algo más. Culpa. Porque por más que Svetlana me había arruinado, no deseaba que le pasara nada malo. Señor Boris, ella no no le hicieron daño, ¿verdad?
No, solo palabras. Rusos somos directos, pero no violentos sin razón. Ella está bien, solo muy convencida de empezar nueva vida lejos de aquí. Esa tarde Irina vino a despedirse. Llevaba una maleta pequeña y esa sonrisa triste que ya conocía. Vuelvo en un mes, dijo. Piensa bien que quieres, Rodrigo, sin presión, sin deudas entre nosotros, solo como dos personas que tal vez pueden tener algo real. La vi partir en un taxi y me quedé ahí en la puerta del restaurante preguntándome cómo mi vida se había convertido en una telenovela rusa.
Don Nacho tenía razón. Yo tenía el peor gusto del mundo, pero tal vez, solo tal vez estaba aprendiendo. El mes que Irina estuvo en Monterrey fue el más productivo y confuso de mi vida. Trabajaba 12 horas al día, no porque Boris me lo pidiera, sino porque necesitaba mantener mi mente ocupada. Cada vez que me detenía a pensar, veía esos ojos de Irina, escuchaba sus palabras y sentía ese miedo bueno que me había mencionado. Don Nacho me visitaba seguido en el restaurante.
Le gustaba la comida rusa, decía, aunque yo sabía que venía a vigilarme como si fuera mi segundo padre. ¿Ya decidiste qué vas a hacer con la sobrina de Boris? Me preguntó un día masticando un piroski de carne. No sé de qué hablas. No te hagas. Todo el mercado sabe que la muchacha rusa está enamorada de ti y que tú estás enamorado de ella, pero te da miedo admitirlo porque la hermana te traumó. No estoy traumado. Llevas tres semanas durmiendo con la luz prendida porque tienes pesadillas de papas gigantes persiguiéndote.
Chuy me contó. Estás traumado. Tenía razón. Las pesadillas eran reales. En una de ellas, Sbetlana era una papa gigante con acento ruso que me perseguía gritando, “¡Firma aquí, mi amor.” Las clases con Tatiana continuaron. Ella mejoró tanto que ya casi no necesitaba mi ayuda. Podía leer textos médicos complejos, mantener conversaciones largas, incluso entendía los chistes en español. Eres muy buen maestro”, me dijo una tarde. “Mejor que profesores en universidad.” Gracias, Tatiana. Tú eres buena alumna. ¿Puedo hacerte pregunta personal?