A los 19, me casé con una viuda rusa que tenía un ENORME P… – Cuando lo descubrí ya era tarde

Claro. ¿Tú quieres a Irina? Casi me ahogo con mi café. ¿Qué? ¿Por qué preguntas eso? Porque ella habla de ti todo el tiempo. Antes de irse hablaba de ti. Por teléfono desde Monterrey habla de ti y tú me miró con esos ojos verdes que veían demasiado. Tú la miras diferente cuando estás cerca, Tatiana. Yo no sé si está bien tener miedo. Me interrumpió. Yo también tengo miedo de muchas cosas, de no ser buena doctora, de decepcionar a papá, de nunca encontrar alguien que me entienda”, sonríó tristemente.

Pero Irina dice que a veces tienes que saltar al vacío, confiar. “Tu prima es muy sabia.” No es mi prima, es prima de papá, pero sí es sabia. Cerró su libro. Rodrigo, ¿puedo decirte algo más? Sí. Irina es diferente de Sbetlana, completamente diferente. Sbetlana piensa solo en sí misma. Irina piensa en todos menos en sí misma. Por eso sigue ayudando a gente que su hermana lastimó. Por eso no te ha presionado. Por eso se fue para darte espacio.

Se levantó para irse. Solo piénsalo. Esa noche llamé a mi madre por primera vez en dos meses. Lloró durante 5 minutos antes de dejarme hablar. Mi hijo, pensé que estabas muerto. ¿Por qué no llamas? Perdón, amá, he estado ocupado. Ocupado con qué? Ya eres rico. ¿Ya me compraste la casa de dos pisos? Le conté todo. Bueno, casi todo. Omití las partes más vergonzosas. Cuando terminé, ella se quedó callada un largo momento. Hijo, ¿te acuerdas de tu tío Pancho?

El que se casó cinco veces. Ese. ¿Sabes por qué se casó tantas veces? Porque era mujeriego, ¿no? Porque seguía buscando a alguien como tu tía Lupita, su primer amor, pero nunca se permitió intentar otra vez con ella porque la primera vez ella lo rechazó. Se pasó la vida buscando reemplazos en lugar de luchar por la original. Suspiró. No seas como tu tío Pancho. Si encontraste a alguien no la dejes ir por miedo. Pero amá, apenas la conozco y es rusa.

Y la hermana, la hermana es la hermana, ella es ella. O tú quieres que te juzguen por lo que hizo tu primo Rigoberto Rigoberto había robado una cabra y terminó en la cárcel. Buen punto. No, amá. Entonces, ya sabes qué hacer. Ahora mándame dinero que aquí todo está caro. Colgé sintiéndome como si me hubieran dado una cachetada de claridad. Boris me encontró al día siguiente organizando el inventario. Me miró serio con esa cara de oso que usaba cuando iba a decir algo importante.

Rodrigo, tenemos que hablar. Mi corazón se detuvo. Hice algo mal, señor Boris. No, haces todo bien, muy bien. Por eso quiero hacer propuesta. Se sentó en una caja de cebollas. Quiero abrir segundo restaurante más grande en Polanco, lugar elegante para gente rica. Necesito socio, alguien confiable. Pienso en ti. Socio. Yo sí. Tú pones trabajo, conocimiento de mercado, contactos con proveedores. Yo pongo dinero inicial, recetas, nombre. Dividimos ganancias 60 40. Yo 60 porque pongo más dinero. Tú 40 porque haces más trabajo.

Es justo. Era más que justo. Era un sueño. Señor Boris, yo no tengo dinero para invertir. No necesitas. Tu inversión es tu tiempo, tu esfuerzo. Ya me mostraste que eres trabajador, honesto. Eso vale más que dinero. Se paró y me extendió la mano. ¿Qué dices, socios? Miré su mano. Pensé en Esbetlana y su propuesta de sociedad que era una trampa. Pero Boris no era esbetlana. Boris me había protegido, me había dado oportunidad, me había tratado como familia.

Sí, socios. Apretamos las manos. Su agarre casi me rompió los dedos. Perfecto. Ahora otra cosa. Irina regresa mañana. Mi estómago dio un vuelco. Ah, sí. Qué bien, Rodrigo. No soy ciego. Sé que hay algo entre ustedes. Me miró fijamente. Irina es buena chica, como hija para mí. Si le haces daño, te mato. Pero si la tratas bien, sonríó. Te acepto en familia, ¿entiendes? Sí, señor. Bien, ahora vete, prepara algo lindo para mañana. Flores, chocolate, lo que sea que hacen los mexicanos para conquistar mujeres.

Al día siguiente estaba tan nervioso que quemé dos ollas de sopa. Los cocineros rusos me miraban como si hubiera perdido la cabeza. Chui, el lavaplatos, se reía. Jefe está enamorado. Déjelo sufrir en paz. No estoy sufriendo. Tiene cara de perro regañado. Está sufriendo. Irina llegó al mediodía. La vi entrar al restaurante con su maleta pequeña, el cabello más corto y esa sonrisa nerviosa que me derretía el alma. Corrí a encontrarla. tropecé con una silla, casi me caigo, y llegué frente a ella como un adolescente torpe.