Había cientos de miles de pesos.
Para alguien como yo, que había trabajado toda la vida con las manos llenas de serrín, aquello era una fortuna.
Me quedé mirando los zapatos durante largo rato.
Entonces comprendí algo.
Sofía sabía perfectamente que la talla no era la mía.
Sabía que yo nunca los usaría.
Y sabía que algún día, cuando los volviera a abrir, encontraría lo que había escondido dentro.
Tomé el teléfono con las manos aún temblorosas.
La llamé.
El teléfono sonó tres veces.
Cuatro.
Cinco.
Finalmente, escuché su voz.
—¿Papá?
Tragué saliva.
—Sofía… hija…
Hubo un pequeño silencio.
—¿Sí, papá?
Miré la caja de zapatos abierta sobre la mesa.
—Recibí los zapatos que me enviaste.
Ella guardó silencio unos segundos.
Luego preguntó en voz baja:
—¿Los abriste… otra vez?
Sentí un nudo en la garganta.
—Sí.
Respiré hondo.
—Sofía… dentro hay mucho dinero.
Del otro lado de la línea se escuchó un suspiro suave.