Después, su voz tembló un poco.
—Papá… lo sé.
Me quedé callado.
Ella continuó:
—Sabía que si te enviaba dinero directamente… no lo gastarías.
—Siempre guardas todo para mí.
—Siempre dices que no necesitas nada.
No supe qué responder.
Era verdad.
Durante años había vivido con lo mínimo.
La voz de Sofía se volvió más suave.
—Papá… yo crecí viendo cómo trabajabas desde el amanecer hasta la noche.
—Te vi volver a casa cansado, con las manos llenas de astillas.
—Te vi fingir que no tenías hambre para que yo pudiera comer más.
Sentí que los ojos se me llenaban de lágrimas.
Ella siguió hablando.
—Todo lo que soy hoy… es gracias a ti.
—Ahora es mi turno de cuidar de ti.
Miré alrededor de la casa.
Las paredes viejas.
Los muebles que yo mismo había hecho hace veinte años.
El techo que goteaba cuando llovía fuerte.
—Sofía… hija… esto es demasiado dinero.
Ella respondió con dulzura:
—No es demasiado para un padre que me dio toda su vida.
—Papá… quiero que arregles la casa.
—Quiero que compres herramientas nuevas.
—Quiero que descanses más.
—Quiero que vivas bien.
Las lágrimas comenzaron a correr por mis mejillas sin que pudiera detenerlas.
Me limpié la cara con la manga.
—Pero yo no necesito tanto…
Sofía me interrumpió.
—Sí lo necesitas.
Luego añadió en voz baja:
—Porque yo también necesito saber que estás bien.
Hubo un silencio largo.
Después escuché otra voz en el fondo.
Era Diego.
—¿Está hablando con tu papá?
Sofía se rió suavemente.
—Sí.
Un momento después escuché a Diego hablar cerca del teléfono.
—¡Don Ernesto! —dijo con alegría—.
—No se preocupe por el dinero. Sofía y yo trabajamos duro y nos va muy bien.