Abrí uno de los paquetes…

—Usted se merece descansar.

Sonreí por primera vez en toda la noche.

—Gracias, hijo.

Volvió Sofía al teléfono.

—Papá…

—Diego y yo tenemos otra sorpresa.

Me sequé las lágrimas.

—¿Qué sorpresa?

Ella respiró profundo.

—Dentro de dos semanas iremos a visitarte.

Me quedé inmóvil.

—¿De verdad?

—Sí.

—Pero no iremos solos.

Mi corazón volvió a latir rápido.

—¿Qué quieres decir?

Hubo una pequeña pausa.

Luego Sofía dijo, con una emoción imposible de ocultar:

—Papá… vas a ser abuelo.

Sentí que el mundo se detenía.

Por un instante no pude hablar.

—¿Papá?

Mi voz salió casi como un susurro.

—¿De verdad…?

—Sí.

—Tres meses.

Miré los zapatos sobre la mesa.

El dinero.

La casa.

El taller.

Y de pronto todo parecía distinto.

—Sofía…

—Gracias por hacerme el hombre más feliz del mundo.

Ella rió entre lágrimas.

—Papá… tú siempre lo fuiste.

Esa noche no dormí mucho.

Me quedé sentado en la sala escuchando la lluvia golpear el techo.

Pero por primera vez en mucho tiempo…

La casa ya no se sentía vacía.

Dos semanas después, fui al aeropuerto.

Cuando Sofía salió por la puerta de llegadas, corrí hacia ella.

La abracé con fuerza.

Luego miré su vientre.

Apenas se notaba.

Pero allí dentro estaba una nueva vida.

Detrás de ella, Diego sonreía cargando una maleta.

—Don Ernesto —dijo—, venimos a quedarnos unos días.

Los llevé a casa.

Esa misma noche cenamos juntos en la pequeña cocina.

Las risas llenaron cada rincón.

El silencio que había vivido durante años desapareció.

Antes de dormir, Sofía abrió el armario.

Sacó la caja de los zapatos.

—Papá… ¿todavía los guardas?

Asentí.

—Claro.

Ella los tomó en sus manos.

Sonrió.

—Entonces guárdalos siempre.

—Para recordar que una hija nunca olvida a su padre.

Cerré la caja con cuidado.

La volví a colocar en el armario.

Pero esta vez comprendí algo.

Aquellos zapatos no guardaban dinero.

Guardaban algo mucho más valioso.

El amor de una hija que nunca dejó de pensar en su padre.