Mi vida no era diferente a la de ellos.
No soy rico, ni tengo nada especial. Pero siempre he tratado de ser una buena persona con los demás, y especialmente con los animales que vagan por las calles.
Una tarde, mientras caminaba de regreso a casa desde una pequeña tienda del pueblo, vi a un perro acostado al borde del camino de tierra.
Estaba muy delgado, con el pelaje sucio y enredado. Parecía que llevaba varios días sin comer bien. Sus ojos miraban a las personas que pasaban con una mezcla de miedo y esperanza, como si estuviera esperando que alguien se detuviera a ayudarlo.
Sentí mucha pena por él.
En mi bolsa tenía un poco de pan y algo de jamón que acababa de comprar en la tienda. Así que rompí un pedazo y lo puse frente a él.
Al principio dudó y dio unos pasos hacia atrás, como si tuviera miedo de que lo echaran.
Pero cuando olió la comida, se acercó lentamente.
Y en cuestión de segundos, se lo comió todo.
Mientras comía, noté que no dejaba de mirarme. Había algo extraño en su mirada, como si quisiera llevarme a algún lugar.
Cuando terminó de comer, el perro se levantó y empezó a caminar.
Después de unos metros, se volvió y me miró.
Como si estuviera esperando que lo siguiera.
No sé por qué, pero de repente sentí una extraña intuición.
Así que decidí seguirlo.
El perro me llevó fuera del camino principal del pueblo, hacia un terreno abandonado detrás de los campos de maíz, un lugar donde casi nadie iba.
Allí se detuvo.
De repente, comenzó a rascar la tierra con sus patas y a empujarla con su hocico.
Al principio pensé que solo estaba buscando un hueso viejo o algo para comer.
Pero no se detuvo.
Siguió cavando como si supiera que algo importante estaba enterrado allí.
Curioso, me acerqué.
Tomé un palo seco que estaba cerca y empecé a ayudarlo a cavar.
Unos minutos después…
El palo golpeó algo duro.
Mi corazón empezó a latir más fuerte.
Cavé con cuidado alrededor.
Y poco a poco, una vieja caja de metal comenzó a aparecer bajo la tierra.