PARTE 1
El sonido rítmico de los monitores llenaba el aire de la habitación 507, 1 de las suites de maternidad más exclusivas de 1 hospital privado en Polanco, el corazón de la Ciudad de México. Las luces fluorescentes proyectaban 1 brillo frío sobre el rostro empapado en sudor de Valeria Garza. Cada contracción era 1 fuego abrasador que le atravesaba el cuerpo. Sus ojos, muy abiertos por el miedo y el agotamiento, buscaban desesperadamente 1 rostro familiar.
—Por favor… ¿dónde está mi esposo? —susurró Valeria con voz débil, aferrándose a las sábanas de hilo egipcio.
A su lado, 1 enfermera alta, de cabello castaño recogido en 1 moño perfecto y maquillaje impecable, no respondió de inmediato. Su gafete colgaba de la bata, pero el nombre impreso no era el suyo. Esa mujer no era parte del equipo médico. Era Camila Rojas, la amante de Mauricio Villarreal, el esposo de Valeria y 1 de los empresarios inmobiliarios más influyentes del país. Camila había burlado la seguridad del hospital usando la influencia de Mauricio y 1 red de mentiras.
Camila se inclinó sobre la cama. Su aliento frío rozó la oreja de Valeria.
—Tu marido no tardará, querida —dijo Camila con 1 dulzura escalofriante—. Está allá afuera, esperando a que esto termine.
Valeria esbozó 1 sonrisa frágil, creyendo que era 1 gesto de consuelo. Pero los labios de Camila se torcieron en 1 sonrisa cruel. Sin dudarlo 1 solo segundo, Camila tomó la mascarilla de oxígeno de Valeria, la ajustó con precisión sobre su rostro y, con 1 movimiento rápido y calculador, desconectó el tubo del tanque principal.
El siseo del gas cesó por completo. El silencio fue instantáneo y aterrador.
Al principio, en medio del caos del parto, nadie en la sala se dio cuenta. El médico principal buscaba 1 par de guantes quirúrgicos en el mostrador, mientras 1 joven asistente anotaba datos en 1 tableta. Pero el pecho de Valeria comenzó a subir y bajar con violencia. Sus ojos parpadearon en blanco. El monitor cardíaco enloqueció, emitiendo pitidos agudos y acelerados.
—¡No… puedo… respirar! —intentó gritar Valeria, agarrando la mascarilla con desesperación.
Camila se movió rápidamente, fingiendo ayudar mientras cubría el tubo desconectado con su cuerpo.
—Es solo 1 contracción fuerte, doctor. Está entrando en pánico, es normal —dijo Camila con 1 voz baja y perfectamente ensayada.
—¡Denle más oxígeno! —ordenó el médico sin levantar la vista.
Camila giró la cabeza levemente, sus ojos brillando con malicia pura. Se inclinó de nuevo hacia Valeria, susurrando solo para ella:
—¿Crees que mereces darle 1 hijo? Tú arruinaste mi vida. No te mereces 1 final feliz, princesa.
La visión de Valeria se nubló. Sus manos temblaban mientras intentaba alcanzar el tubo, pero Camila se lo apartó de 1 manotazo disimulado. El monitor fetal comenzó a sonar frenéticamente.
—¡La frecuencia cardíaca del bebé está cayendo! —gritó 1 enfermera, corriendo hacia la cama—. ¡Revisen la línea de oxígeno!
El caos estalló. La joven enfermera levantó el tanque y su rostro palideció al instante.
—¡Doctor, alguien desconectó la línea de oxígeno!
2 enfermeras se abalanzaron para reconectar el tubo mientras otra presionaba el botón de emergencia. Las alarmas rompieron el silencio de los pasillos. En medio del terror, Camila retrocedió lentamente, cruzándose de brazos como 1 simple espectadora. Valeria tosió violentamente cuando el aire fresco golpeó sus pulmones colapsados, las lágrimas rodando por sus mejillas mientras rogaba por la vida de su bebé.
De repente, las puertas de roble se abrieron de golpe. Mauricio Villarreal entró en la habitación. Llevaba su traje de diseñador intacto, el nudo de la corbata apenas aflojado. No parecía preocupado, sino profundamente molesto por el ruido.
—¿Qué demonios está pasando aquí? —exigió saber con autoridad.
—¡Le cortaron el oxígeno a su esposa, señor Villarreal! —exclamó el médico, furioso—. ¡Alguien manipuló el tanque! ¿Quién dejó entrar a esta mujer?
Mauricio miró a Camila. Por 1 fracción de segundo, 1 entendimiento oscuro y silencioso cruzó entre ellos. Luego, con 1 frialdad absoluta, Mauricio sentenció:
—Debe haber sido 1 error de su equipo. Ella está aquí para apoyar a mi esposa.
Valeria, aún ahogándose, escuchó esas palabras. Giró la cabeza, débil y traicionada, y a través de sus lágrimas vio algo que le heló la sangre. En la esquina superior del techo, 1 pequeña cámara de seguridad parpadeaba con 1 luz roja. Había grabado cada segundo. Lo que la amante y el esposo ignoraban es que ese hospital escondía 1 secreto inmenso, y Valeria sintió que no podía creer lo que estaba a punto de suceder…
PARTE 2
El caos en la sala de partos no desapareció cuando el oxígeno volvió a fluir; simplemente se transformó en 1 silencio espeso y asfixiante. Las miradas entre el personal médico estaban cargadas de terror y complicidad obligada. El médico principal, 1 hombre que había construido su carrera atendiendo a la élite mexicana, tragó saliva, fingiendo concentrarse en los signos vitales de Valeria. Había visto a hombres como Mauricio antes, empresarios despiadados capaces de destruir 1 vida o 1 reputación con 1 sola llamada telefónica.
Valeria sentía que el pecho le ardía, no por las contracciones que amenazaban con desgarrarla, sino por la traición. Su mirada se clavó en su esposo. Mauricio estaba de pie junto al lujoso lavabo, revisando su celular con aburrimiento, ignorando por completo a la mujer que acababa de estar a segundos de la muerte.
—Señor Villarreal —titubeó 1 enfermera mayor, rompiendo la tensión—. Tenemos que reportar esto a la dirección. Alguien manipuló el equipo de soporte vital.
Mauricio levantó 1 mano, deteniéndola en seco.
—No reportarán nada —su voz era tranquila, casi casual—. La situación está bajo control. El tubo simplemente se soltó. ¿Entendido?
La enfermera frunció el ceño, dando 1 paso al frente.
—Con todo respeto, señor, esto es gravísimo. Pudo haber…
Mauricio giró lentamente hacia ella, su expresión destilando esa arrogancia tóxica que aterrorizaba a sus empleados.
—Estás exagerando. No quiero rumores, ni chismes en la prensa rosa. Este hospital funciona, en gran parte, gracias a las donaciones de mi empresa. Todos mantendrán la boca cerrada.
Camila, apoyada contra la pared con los brazos cruzados, sonrió con suficiencia. Se quitó la bata médica, revelando 1 ajustado vestido negro de diseñador que no dejaba dudas sobre su verdadera identidad. Cruzó su mirada con la de Valeria y ladeó la cabeza, en 1 advertencia silenciosa.
Pero Valeria no estaba sola en la habitación. La enfermera mayor se acercó discretamente a la esquina donde colgaba la cámara de seguridad. Sacó 1 pequeño monitor portátil del bolsillo de su uniforme y verificó la conexión. La luz roja seguía parpadeando.
—Todo quedó grabado —susurró la enfermera mayor, asegurándose de que solo el médico y Mauricio la escucharan.
La sonrisa de Camila se borró de un plumazo. Mauricio apretó la mandíbula, su máscara de control amenazando con agrietarse.
—Borren esas grabaciones de inmediato —ordenó Mauricio, su voz ahora cargada de veneno.
—Así no funciona el sistema, señor —respondió el médico, secándose el sudor de la frente—. Las grabaciones van directo al servidor central de la administración. Nadie aquí tiene acceso a eso.
Las contracciones de Valeria se intensificaron, pero su mente nunca había estado tan clara. Apretó los dientes, soportando el dolor, y se juró a sí misma que ese hombre no se saldría con la suya. El llanto agudo de 1 bebé irrumpió minutos después, rompiendo la tensión letal de la sala. Había nacido su hijo. Sano. Fuerte. A pesar de todo.
A la mañana siguiente, la luz estéril del hospital iluminaba la suite privada donde Valeria descansaba. No había dormido. Cada vez que cerraba los ojos, revivía la asfixia, la mano de Camila, la indiferencia de Mauricio. La puerta se abrió sin previo aviso. Camila entró, sosteniendo 1 vaso de café y 1 tableta, moviéndose como si fuera la dueña del lugar.
—Te ves mejor de lo que esperaba —dijo Camila con tono burlón, dejando el café en la mesa de noche.