Porque había algo peor escondido detrás de todo aquello.
Podía sentirlo.
Valeria jamás habría arriesgado tanto solo por deseo.
Alejandro jamás se habría atrevido a tocarme si creyera que yo tenía poder real detrás.
Alguien le aseguró que estaba intocable.
Y necesitaba descubrir quién.
Levanté la vista hacia mi padre.
—Quiero verlo.
—No.
—No te estoy pidiendo permiso.
Sus ojos se endurecieron inmediatamente.
Exactamente igual que los míos cuando algo me enfurecía.
Tal vez siempre fui más Torres de lo que quería aceptar.
—Ese hombre merece desaparecer —dijo él.
—Tal vez sí.
Pero si permito que tú decidas eso, entonces nunca voy a volver a ser libre.
El silencio entre nosotros pesó como concreto mojado.
Finalmente mi padre asintió apenas.
—Una hora.
Después de eso, se acaba.
No pregunté qué significaba “se acaba”.
No quería saberlo.
Esa tarde me llevaron a una casa fuera de la ciudad.
Un lugar enorme, escondido entre árboles altos y muros blancos.
Dos hombres armados vigilaban la entrada.
Cuando bajé del coche, el miedo me golpeó de lleno.
Porque entendí algo terrible.
Si Alejandro moría ahí, nadie jamás encontraría el cuerpo.
Entré lentamente.
Lo encontré sentado en una silla metálica.
Golpeado.
Con sangre seca en la boca.
Cuando me vio, casi lloró de alivio.
—Mariana… gracias a Dios…
No respondí.