Me quedé observándolo largo rato.
Apenas unas horas atrás ese hombre me había pateado en el piso.
Ahora parecía roto.
Y aun así, no sentí paz.
—¿Quién le dijo que podía tocarme? —pregunté directo.
Alejandro tragó saliva.
—No entiendes… tu padre…
—Contesta.
Él cerró los ojos.
—Valeria encontró documentos.
Sobre tu familia.
Negocios viejos.
Transferencias.
Nombres.
Mi corazón empezó a latir más rápido.
—¿Qué documentos?
—Tu padre lavaba dinero usando empresas constructoras.
Nuestra empresa también estaba metida.
El mundo entero pareció inclinarse bajo mis pies.
—Estás mintiendo.
—Ojalá.
Respiraba con dificultad por los golpes.
—Cuando intenté salir, ya era demasiado tarde.
Tu apellido estaba en todos lados.
Comprendí que nunca ibas a dejarme ir.
Lo miré horrorizada.
—¿Y por eso me golpeaste?
Él rompió a llorar.
—Tenía miedo.
La respuesta me dio más asco que cualquier insulto.
Miedo.
Siempre era miedo.
Miedo perdiendo el control.
Miedo disfrazado de autoridad.
Miedo convertido en violencia.
Entonces entendí la decisión que realmente tenía enfrente.
No era salvar o condenar a Alejandro.
Era decidir si iba a seguir cargando un apellido construido sobre terror…
o destruir todo lo que mi familia había levantado.
Aunque eso también me destruyera a mí.