Sobre la cama, debajo de una cobija, había una mujer delgada, pálida, con marcas en el cuello y cinta alrededor de un tobillo.
Era Camila.
La hermana menor de Fernanda.
La misma que, según todos, estaba internada en Guadalajara por una “crisis emocional”.
Camila abrió los ojos y me reconoció.
“Llévate a los niños”, susurró. “Hoy iban a firmar los papeles.”
“¿Qué papeles?”
Ella tembló.
“Custodia temporal. Reportes médicos falsos. Querían decir que tú estabas perdiendo la razón.”
Antes de que pudiera responder, escuché la puerta principal abrirse abajo.
Dos voces.
Fernanda había vuelto.
Y Ramiro venía con ella.
No podía creer lo que estaba a punto de pasar…
PARTE 2: LOS PAPELES
Por un segundo, no respiré.
Camila estaba temblando sobre la cama, apenas podía sostenerse sentada. Abajo, los pasos de Fernanda y Ramiro sonaban tranquilos, como si todavía creyeran que la casa les pertenecía.
“Debiste revisar las cámaras”, dijo Ramiro con voz seca.
“Las revisé”, contestó Fernanda. “Él nunca vuelve antes de tiempo.”
Esa frase me hizo entender que nada había sido un impulso. No fue una mala tarde. No fue un castigo exagerado. No fue una mujer perdiendo el control.
Era un plan.
Ayudé a Camila a levantarse y la metí en el baño del cuarto. Cerré la puerta y puse una silla debajo de la manija. Después escribí un mensaje rápido a Mauricio, mi jefe de seguridad:
“SUBE YA. NIÑOS EN PELIGRO. DOS SOSPECHOSOS. POSIBLE SECUESTRO.”
No sabía si alcanzaría a leerlo.
La puerta del cuarto se abrió.
Fernanda entró primero.
Todavía recuerdo su cara. No parecía sorprendida. No parecía arrepentida. Me vio ahí, frente al baño cerrado, y lo único que hizo fue apretar la mandíbula.
Ramiro apareció detrás de ella con el saco gris que Lourdes había descrito. Alto, barba recortada, mirada fría. En cuanto me vio, sonrió apenas, como si yo fuera un problema administrativo.
“Tú no deberías estar aquí”, dijo Fernanda.
No me preguntó por los niños.
No preguntó por Lourdes.
No preguntó por su hermana encerrada.