Conocí a Elena cuando tenía 34 años. Los dos soñábamos con tener un hijo, pero tras muchos años visitando médicos, entendimos que su salud no nos permitiría hacerlo. Así que tomamos el camino de la adopción.
Nelly tenía tres años cuando la llevamos a casa. Era callada, muy metida en su mundo. Su madre había desaparecido cuando ella apenas tenía dieciocho meses, y en su acta de nacimiento no figuraba ningún padre. Desde el principio, su vida estuvo marcada por ausencias, pero nosotros quisimos llenar ese vacío con amor y estabilidad.
Dos años después, cuando Nelly cumplió cinco, Elena se fue.
Dejó una nota sobre la encimera de la cocina. Decía que ya no quería esa vida. Que la familia no era para ella.
Recuerdo aquella noche con una claridad dolorosa. Me senté junto a la cama de Nelly y la miré dormir. En ese silencio entendí que tenía una decisión delante de mí: podía irme también… o podía quedarme.
Elegí quedarme. Elegí ser el padre que mi hija merecía.
Y así lo hice. La acompañé en cada etapa de su vida. Le enseñé a andar en bicicleta corriendo detrás de ella hasta quedarme sin aliento. Le mostré cómo pescar, cómo dar la mano con seguridad, cómo cuidarse y defenderse en la vida. Le preparaba la comida para la escuela, la ayudaba con sus tareas y le repetía, una y otra vez, que era querida, valiosa y suficiente.