PARTE 1
“Tu juventud se terminó hoy, Mariana. Vas a casarte con un hombre que ya tiene tres hijos.”
Eso fue lo último que mi tío Eusebio me dijo antes de entregarme como si yo fuera una deuda, no una muchacha de dieciocho años.
Era diciembre en la Sierra Norte de Puebla. El frío se metía por las rendijas de la casa de lámina y madera, y el viento olía a ocote quemado, café recién molido y tristeza vieja. Mi madre había muerto cuando yo tenía doce, y desde entonces aprendí que en algunas familias las niñas no crecen: las negocian.
El hombre se llamaba Tomás Aguilar. Tenía treinta y seis años, una mirada cansada y las manos partidas por el trabajo del campo. Su esposa, Rosa, había muerto tres años antes, dejándole tres hijos: Diego, de ocho; Mateo, de cinco; y Lupita, de apenas tres.
—Es buena para la cocina, para lavar, para cuidar animales —dijo mi tío, hablando de mí como si yo no estuviera parada junto a la puerta—. Y está sana.
Tomás bajó la mirada. Sobre la mesa dejó un sobre con dinero y la promesa de un becerro para mi tío.
A mí nadie me preguntó nada.
Esa misma tarde subí a la camioneta vieja de Tomás con una bolsa de ropa, un rebozo de mi madre y un miedo que me apretaba la garganta. No lloré. Ya había aprendido que llorar no cambia el camino, solo lo vuelve más borroso.
El rancho de Tomás quedaba lejos del pueblo, entre cafetales, cerros húmedos y caminos de lodo. La casa era sencilla, limpia, pero triste. Todavía olía a la mujer que había vivido ahí antes: flores secas, jabón de barra y ausencia.
Los niños me miraron desde el pasillo.
Lupita se escondió detrás de Mateo. Mateo no dijo nada. Diego cruzó los brazos y me soltó una frase que me cortó más que el frío:
—Tú no eres mi mamá.
—No vine a quitarle su lugar —respondí despacio—. Solo vine a ayudar.
Pero ayudar no era fácil.
Quemé los frijoles. Se me cortó la masa. No sabía trenzar bien el cabello de Lupita. Mateo despertaba gritando por las noches, y Diego me corregía todo con una rabia que no le cabía en el pecho.
Tomás casi no hablaba. Pero cada mañana yo encontraba papelitos junto al fogón.
“La leña seca prende mejor.”
“A Mateo le gusta el atole con canela.”
“Lupita se duerme si le cantan despacio.”
Una vez, debajo de una taza rota, encontré uno que decía: