cuando me divorcié, la familia de mi esposo contrató

Valeria Morales me observaba con los ojos fríos y calculadores, pero había algo más allí. Una chispa de reconocimiento, tal vez, o un atisbo de curiosidad.

—Isabela —dijo al fin—, sé lo que pasó con su familia y con usted. Mi abuela ha insistido en que debo encargarme personalmente de esto.

Mi corazón se detuvo. No podía creer lo que estaba escuchando. ¿Doña Elena Castillo… había pensado en mí después de todos estos años?

—¿Qué quiere decir? —logré murmurar, con la voz quebrada.

Valeria me extendió una carpeta elegante, de cuero negro. Dentro había documentos, fotografías y el testamento que cambiaría mi destino para siempre.

—Doña Elena… ha fallecido —dijo con suavidad, como si la noticia fuera un golpe demasiado fuerte para mí—. Pero antes de morir, dejó instrucciones claras: todo lo que le pertenecía a su familia, incluyendo bienes, propiedades y cuentas, debe transferirse a su nieta… a usted.

Me quedé sin aliento. Mis ojos recorrieron los papeles con incredulidad. Cada línea parecía un milagro. Después de años de hambre, miedo y desesperanza, la vida finalmente me ofrecía una salida.

—Pero… ¿por qué yo? —pregunté, incapaz de ocultar el temblor en mi voz—. ¿Por qué después de todo…?

Valeria suspiró. Su rostro se suavizó un instante.