PARTE 2
A la mañana siguiente, la puerta de mi cuarto del hospital se abrió y entró primero el sonido firme del bastón de mi abuela Carmen golpeando el piso. Detrás de ella venía una enfermera particular cargando a Mateo.
“Mami”, gritó mi niño apenas me vio.
Sentí que el alma me regresaba al cuerpo cuando lo abracé. Olía a shampoo de manzanilla y a pan dulce recién hecho. Mi abuela no improvisaba jamás: había mandado a uno de sus guardias a sacar a Mateo de la casa, había llamado a un pediatra, y había pasado la noche cuidándolo en su residencia en Tlajomulco, esa enorme casa donde todo el mundo en la familia bajaba la voz apenas cruzaba la entrada.
Mi abuela Carmen no era una mujer cualquiera. Viuda, empresaria, dueña de varios edificios y terrenos en Jalisco. Nadie se atrevía a alzarle la voz. Y aunque nunca había demostrado cariño con abrazos ni frases dulces, siempre fue la única que me miró con justicia. Ella pagó mi universidad cuando mis padres dijeron que “no valía la pena invertir tanto” en mí. Ella me ayudó a sacar mi casa. Ella sabía perfectamente cómo Alicia y Roberto me habían usado toda la vida mientras coronaban a Ximena como reina.
Le enseñé el video sin decir una palabra.
Mi abuela lo vio completo. Vio a su propia hija dejar a un niño de cuatro años solo en una casa cerrada para no perder unas vacaciones. Vio las maletas. Vio el taxi. Vio la cobardía.
No gritó. Eso fue lo peor.
Sacó su teléfono y marcó.
“Licenciado Salgado”, dijo con voz helada. “Quiero dos cosas. La primera: rescinda hoy mismo el permiso de uso de la casa de Providencia. Sí, la que ocupa Alicia con su esposo. Esa propiedad sigue a mi nombre. Que empiecen el desalojo inmediato. La segunda: prepare la denuncia por abandono de menor y puesta en riesgo. Tengo video, hora, audio y testigos.”
Yo la miré sin respirar.
La casa donde vivían mis padres no era de ellos. Mi abuela se las había prestado hacía años. Nunca pagaron renta. Nunca lo agradecieron. Y ahora, en una sola llamada, acababa de quitarles el techo.
“¿Y Ximena?”, pregunté, todavía temblando.
Mi abuela levantó apenas una ceja.
“Tu hermana también aprenderá que los caprichos cuestan.”
Se acercó a la ventana, revisó su reloj y luego me miró.
“Dijiste que iban a Cancún, ¿verdad?”
“Asiento.”
“Perfecto. Deben estar aterrizando.”
Veinte minutos después, mi celular empezó a vibrar con una videollamada de mi madre. Contesté. Detrás de ella se veía el lobby de un hotel de lujo, lleno de mármol, flores blancas y empleados incómodos. Mi padre discutía en recepción y Ximena lloraba furiosa con el maquillaje corrido.
“¡Valeria!”, gritó mi mamá. “¿Qué le hiciste a las tarjetas? ¡No pasa ninguna! ¡El hotel dice que la reserva quedó sin garantía! ¡Nos quieren cobrar todo por adelantado!”
Mi abuela me quitó el teléfono de la mano.
“Yo cancelé las tarjetas”, dijo mirándola fijo. “Y también cancelé tu casa.”
El color se fue del rostro de mi madre.
“¿Mamá… qué?”
“Vi la grabación. Dejaste a mi bisnieto solo para irte de viaje. Ya están notificados tus abogados. Y la fiscalía también.”
Mi padre se acercó pálido. Ximena dejó de llorar y abrió los ojos como si por fin entendiera que el juego se había terminado.
“Esto es un malentendido”, tartamudeó él. “Pensamos que la vecina…”
“No me insultes”, lo cortó mi abuela. “Tengo los registros. No llamaron a nadie.”
Mi madre empezó a temblar.
“Por favor, mamá… no hagas esto…”
Mi abuela apretó el bastón y dijo la frase que les partió la vida:
“Todavía no he empezado.”
Y en ese instante, del otro lado de la pantalla, alguien en el hotel pronunció las palabras que los dejaron sin aire: “Señora, tiene una llamada urgente de la policía de Guadalajara”.
Era imposible no esperar la parte 3.