—Tres semanas es tiempo suficiente para quitarle el apartamento a Elara —dijo mi padre con un tono tan distante que me puso los pelos de punta—.
—Llorará un poco —siempre ha sido sensible—, pero al final se le pasará —añadió, como si hablara de algo trivial—.
Estaba de pie justo fuera de la impecable cocina blanca de mi madre, con una caja polvorienta llena de fotos familiares antiguas en la mano, cuando esas palabras me golpearon como un puñetazo.
No grité. No dejé caer la caja. Durante unos segundos, ni siquiera pude respirar.
Mi madre respondió con aún más calma, lo que de alguna manera empeoró las cosas.
—Deberíamos esperar a que se vaya de viaje de negocios a Londres la semana que viene —dijo, sorbiendo su té—. Una vez que se vaya, contrataremos a un cerrajero, cambiaremos las cerraduras, empacaremos sus cosas y pondremos el apartamento en venta de inmediato.
Continuó como si leyera una lista de tareas.
Chloe necesita el dinero. Tiene deudas que saldar y se merece un nuevo comienzo.
Sentí un nudo en el estómago.
Hablaban de mi casa, el único lugar donde me había sentido realmente segura.
El apartamento de Riverside Park no era solo una propiedad. Me lo había regalado mi abuelo, Arthur, antes de fallecer.
«Esto es tuyo, Elara», me había dicho.
Era lo único en mi vida que me habían dado sin condiciones.
Mi padre suspiró, y su voz resonó por el pasillo.
«El mercado está fuerte ahora mismo. Si actuamos rápido, podemos vender antes de que la situación cambie».
«Elara siempre ha sido razonable», añadió. «Entenderá que las necesidades de Chloe son más importantes».
En ese momento todo cobró sentido.
Mi hermana menor, Chloe, la niña mimada, había vuelto a malgastar su dinero. Su último negocio había fracasado, como todos los anteriores. Siempre había excusas, siempre emergencias… y siempre se esperaba que alguien más lo arreglara todo.
Esta vez, ese alguien era yo.
Retrocedí en silencio, procurando no hacer ruido en el suelo pulido.
No tenía sentido enfrentarme a ellos. Lo negarían todo, distorsionarían la historia o me acusarían de exagerar.
Así que me fui.
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