Mientras mi nieto se congelaba afuera por haber quemado la cena… su familia seguía celebrando dentro en Navidad. Lo que no sabían era que en minutos lo perderían todo.

Mientras mi nieto se congelaba afuera por haber quemado la cena… su familia seguía celebrando dentro en Navidad. Lo que no sabían era que en minutos lo perderían todo.

Llegué sin avisar a la casa de mi hijo en Navidad, con el coche lleno de tamales, buñuelos y regalos, pensando que iba a darles una sorpresa bonita.

La sorpresa me la llevé yo.

Frente al portón, bajo un frío que cortaba la piel, estaba mi nieto Emiliano, de dieciocho años, descalzo, en camiseta y short, temblando como si el cuerpo ya no le obedeciera. Sus labios estaban morados. Tenía las manos pegadas al pecho, rojas, casi azules de tanto frío.

—Abuelo… por favor, no entre —me dijo con la voz quebrada—. Va a ser peor.

Me quité la chamarra y se la puse encima.

—¿Cuánto tiempo llevas aquí, mijo?

Bajó la mirada.

—Desde las cinco y media.

Miré mi reloj. Eran casi las siete y media.

Dos horas.

Dos horas afuera, en Nochebuena, mientras desde adentro se escuchaban risas, villancicos y el tintinear de copas. Por debajo de la puerta salía el olor del ponche caliente, de la carne, del bacalao y de los romeritos.

—¿Quién te dejó aquí?

Emiliano tragó saliva.

—Mariela dijo que no podía entrar hasta que ella me diera permiso.

Mariela. La esposa de mi hijo Roberto. La mujer que siempre hablaba con voz dulce delante de todos y con veneno cuando nadie la miraba.

—¿Y tu papá?

Emiliano no respondió. No hacía falta. Roberto estaba adentro. Calientito. Cenando.

Sentí que la sangre me subía a la cabeza.

—¿Qué hiciste, Emiliano?

—Se me quemó el bacalao. Me pidió que lo cuidara mientras ella se arreglaba. Me distraje un momento y… dijo que había arruinado la Navidad.

Lo miré de arriba abajo. Mi nieto, el hijo de la primera esposa de Roberto, tratado como un estorbo en su propia casa. Recordé que meses atrás me había llamado llorando, pero Roberto me aseguró que Emiliano exageraba, que eran cosas de adolescentes, que Mariela solo intentaba educarlo.

Qué tonto fui por creerle.

Caminé hacia la puerta.

—Abuelo, no.

—Entra conmigo.

—Ella se va a enojar.

—Que se enoje.

La puerta no estaba cerrada. Claro que no. Querían que Emiliano viera la cena desde afuera, que oliera la comida, que escuchara cómo la familia festejaba sin él.

Empujé la puerta de una patada.

Todos voltearon.

Roberto estaba en la cabecera con una copa en la mano. Mariela, vestida de rojo, sonreía hasta que me vio. Mis nietos pequeños, Camila y Diego, tenían la cara manchada de mole. La mesa estaba llena: tamales, pavo, ensalada de manzana, ponche, buñuelos. El árbol brillaba junto a una montaña de regalos.

Una Navidad perfecta.

Menos por el muchacho congelado detrás de mí.

Miré a cada uno y dije tres palabras:

—Están todos enfermos.

El silencio cayó sobre la sala.

Mariela se levantó de inmediato, fingiendo sorpresa.

—Don Aurelio, qué gusto. Si nos hubiera avisado…

—¿Qué habrías preparado? —la interrumpí—. ¿Un plato para Emiliano o una cobija para que no se muriera afuera?

Roberto dejó la copa sobre la mesa.

—Papá, cálmate.