—No me pidas calma cuando tu hijo lleva dos horas congelándose en la puerta.
Mariela apretó los labios.
—Fue un castigo. Quemó la cena. Tiene que aprender responsabilidad.
—¿A quince grados bajo cero? ¿En short? ¿Descalzo?
Ella levantó la barbilla.
—Con todo respeto, esta es nuestra casa y nuestra forma de educar.
Sonreí. No porque me diera gusto, sino porque acababa de decir la frase equivocada.
—¿Tu casa?
—Sí. Nuestra casa.
Roberto palideció.
Él sabía.
Hacía diez años, cuando mi hijo se quedó viudo y no tenía dónde vivir con Emiliano, le presté esa casa de Monterrey. Estaba a mi nombre. Firmamos un contrato de comodato ante notario. Una condición era clara: debía cuidar a su familia y mantener un hogar digno para todos.
Yo nunca pensé que tendría que usar esa cláusula.
Parte 2 …

—Pregúntale a tu esposo de quién es esta casa realmente —le dije a Mariela.
Ella volteó hacia Roberto.
—¿Qué está diciendo?
Roberto bajó la mirada.
—Roberto —gruñó ella—. Contesta.
Pero él no dijo nada.
Emiliano seguía temblando. Ya no iba a perder más tiempo.
—Ve por tus cosas, mijo —le ordené—. Ropa, documentos, lo que necesites. Te vas conmigo.
Mariela dio un golpe sobre la mesa.
—¡No puede llevárselo!