—Tiene dieciocho años. Puede irse con quien quiera.
—Voy a llamar a la policía.
Saqué mi teléfono.
—Llámales. Yo les enseño las fotos que acabo de tomar: la hora, la temperatura y las manos moradas de Emiliano. A ver quién sale peor parado.
Mariela abrió la boca, pero no dijo nada.
Roberto, en cambio, murmuró:
—Papá, estás exagerando.
Me volví hacia él.
—No, Roberto. Exagerar es gritar porque se quemó un bacalao. Lo que ustedes hicieron es crueldad.
Emiliano bajó con una mochila pequeña. No traía casi nada. Eso me dolió más: en esa casa ni siquiera parecía tener derecho a ocupar espacio.
Antes de irnos, miré a Mariela.
—Feliz Navidad. Disfruta la casa mientras puedas.
En el coche, con la calefacción al máximo, Emiliano empezó a llorar.
—Perdón, abuelo. Arruiné su Navidad.
Le tomé la mano helada.
—No arruinaste nada. Me diste la oportunidad de abrir los ojos.
Esa noche llegamos a Saltillo casi a las diez. Le preparé un baño caliente, calenté tamales y puse ponche en la estufa. Cenamos en mi cocina, sin música elegante ni copas caras, pero con paz. Emiliano comió como si llevara días con hambre.
Cuando se durmió, llamé a mi abogado, el licenciado Herrera.
—Necesito revocar un comodato —le dije—. El de la casa de Monterrey.
Al día siguiente le conté todo. Las fotos, el testimonio de Emiliano, los meses de humillaciones: sobras de comida, tareas de sirviente, insultos, castigos. El licenciado fue claro.
—Don Aurelio, esto no solo permite recuperar la casa. También puede denunciarse como maltrato familiar.
El proceso comenzó.
Mariela primero mandó mensajes furiosos. Luego amenazas. Después abogados. Todos decían lo mismo: la casa no era suya. Tenían treinta días para desalojar.
Roberto llegó una noche a mi puerta con los ojos rojos.
—Papá, por favor. Retira la notificación. Mariela está desesperada.
—¿Y Emiliano no estaba desesperado cuando lo dejaste afuera?
Se cubrió la cara.
—Yo no sabía que era tan grave.
—Sí sabías. Elegiste no ver.