PARTE 1
Desde que nació su 1 hijo, Alejandro le exigió a su esposa, Renata, que renunciara a su chamba para quedarse en casa cuidando al bebé.
Exactamente 1 año después, llegó su 2 hijo al mundo.
Alejandro, sintiéndose el rey de la casa, siempre repetía con el pecho inflado de orgullo machista:
—La mujer tiene que estar en la casa con los chamacos. Traer la lana es responsabilidad del hombre, neta.
Pero la gran “responsabilidad” de este sujeto consistía en entregarle a su esposa exactamente 300 pesos al mes para cubrir absolutamente todo en la casa.
Con esos miserables 300 pesos, Renata tenía que hacer magia para comprar despensa, pañales, leche, medicinas y cualquier gasto de los niños.
Ni 1 peso más salía de la cartera de Alejandro, sin importar la urgencia.
Cada vez que le aventaba los billetes en la mesa, la miraba de arriba abajo con desconfianza y le soltaba comentarios crueles:
—Si te doy más, seguro se lo mandas a tu familia de muertos de hambre allá en ese ranchito en Michoacán. Ya tengo que mantenerte a ti… ¿ahora quieres que mantenga a tus papás también?
Durante 7 largos años, Renata aguantó todo este maltrato psicológico y económico en completo silencio.
Nunca se quejó, nunca armó un pancho, nunca le levantó la voz.
Todos los días, cuando Alejandro regresaba del trabajo en la Ciudad de México, encontraba la comida caliente servida en la mesa.
La casa estaba impecable, y sus hijos limpios, bien vestidos y con las tareas de la escuela terminadas.
Para la mente cerrada de Alejandro, esto solo confirmaba su teoría: 300 pesos al mes eran más que suficientes si la mujer “sabía administrarse”.
Hasta que un día, el niño más pequeño se enfermó gravemente de la garganta con mucha fiebre.