PARTE 2
Mariana me siguió al baño del juzgado con los ojos llenos de lágrimas.
—Mamá, ¿cómo pudiste decir eso? ¿Cómo puedes pedir que le entregue todo después de lo que dijo de Emiliano?
Me dolió verla así, pero no podía explicarle todavía. No ahí. No con Ricardo rondando como buitre y su abogado escuchando cada palabra.
—Confía en mí —le dije.
—Eso no me alcanza —respondió ella, con la voz rota—. Mi hijo acaba de ser rechazado por su padre y tú le estás regalando la casa.
Tenía razón en sentirse así. Pero yo no estaba regalando nada. Estaba dejando que Ricardo caminara solo hacia una trampa que él mismo había cavado años atrás.
Cuando regresamos a la sala, Ricardo firmó los documentos preliminares con una tranquilidad ofensiva. Su abogado le susurró algo y ambos se rieron por lo bajo. Mariana bajó la mirada. Yo vi cómo esa risa le atravesó el corazón.
Esa noche no dormí.
Fui a mi cuarto, abrí la caja fuerte que Manuel compró cuando todavía vendíamos telas en el centro, y saqué una carpeta amarilla. Las hojas estaban viejas, pero la tinta seguía firme. En la primera página estaba la firma de Ricardo, grande, confiada, arrogante incluso desde entonces.
Recordé el día en que Manuel le entregó el cheque.
Ricardo lloró. Nos llamó “sus segundos padres”. Juró que Mariana y cualquier hijo que tuvieran siempre serían lo primero. Yo le creí solo a medias. Por eso agregué una cláusula que a él le pareció exagerada.
“Doña Esther, usted desconfía mucho”, me dijo aquel día, riéndose.
Sí. Y gracias a Dios.
Al día siguiente, en la audiencia final, Ricardo llegó oliendo a loción cara. La otra mujer no estaba, pero todos sabíamos que existía. Se llamaba Sofía, aunque en la familia ya nadie decía su nombre sin apretar los dientes.
El juez comenzó a revisar los acuerdos. Mariana firmaba como si cada letra le pesara una tonelada. Ricardo no dejaba de mirarla con esa satisfacción de hombre que cree que por fin logró quitarse de encima a una esposa cansada y a un hijo incómodo.
Entonces me levanté.
El abogado de Mariana me miró sorprendido.
—Señoría —dije—, antes de concluir, quiero presentar un documento relacionado con el origen de los bienes que el señor Ricardo Salgado está reclamando.
Ricardo volteó de golpe.
En cuanto vio la carpeta, su cara cambió.
No fue miedo al principio. Fue reconocimiento.
—Eso no tiene nada que ver —soltó, levantándose—. ¡Ese papel es viejo!
Su abogado intentó calmarlo, pero ya era tarde. La máscara se le había caído frente a todos.
El juez tomó el documento y empezó a leer.
El silencio se volvió pesado.
Mariana me tomó del brazo.
—Mamá… ¿qué es eso?
—El contrato que tu padre y yo hicimos firmar cuando le dimos nuestros ahorros para levantar su empresa —respondí.
Ricardo golpeó la mesa.
—¡Ese dinero fue un apoyo familiar!
—Fue una inversión protegida —dije—. Y tú lo firmaste.
El juez siguió leyendo. Su expresión se endureció al llegar a la cláusula principal.
El abogado de Ricardo dejó de sonreír.
Entonces el juez levantó la vista y le hizo una sola pregunta:
—Señor Salgado, ¿usted renunció por escrito a solicitar la custodia compartida de su hijo Emiliano?
Ricardo tragó saliva.
Por primera vez, no tuvo respuesta inmediata.
Y justo cuando todos esperábamos que mintiera, el juez ordenó:
—Conteste sí o no.