Viendo que perdía el control, Valeria trazó 1 plan oscuro y perverso. Aprovechando que Alejandro tuvo que viajar 2 días a Monterrey por negocios, Valeria contrató a 1 psiquiatra corrupto para firmar 1 documento que declaraba a Mateo mentalmente inestable e incapaz de rehabilitación. Su objetivo era enviar al niño a 1 asilo de lujo en Europa y llamar a migración y a las autoridades infantiles para encerrar a Citlalli y a Rosa en 1 reformatorio. Para justificar la expulsión de las niñas, Valeria escondió 1 collar de esmeraldas y diamantes valorado en 5 millones de pesos dentro de la humilde bolsa de tela de Citlalli, acusándolas de robo frente a toda la servidumbre.
Alejandro regresó de emergencia. Encontró a las niñas en la calle, llorando bajo la lluvia, y a Mateo nuevamente encerrado en su habitación, en estado catatónico. Valeria lloraba lágrimas falsas, asegurando que las niñas eran unas delincuentes peligrosas. Ciego de dolor y confusión, Alejandro casi comete el peor error de su vida. Pero Citlalli, empapada y temblando de frío en la puerta de la mansión, lo miró fijamente y le gritó:
—¡El corazón no miente, señor Alejandro! ¡Pregúntele a su hijo por qué dejó de caminar! ¡No fue por el choque… fue por lo que vio esa noche!
Las palabras de la niña golpearon a Alejandro como 1 rayo.
Esa misma noche, se celebraba la gala benéfica más importante del año en el Museo Soumaya. Valeria había organizado el evento para reunir a 500 de las personas más ricas y poderosas del país. Su plan maestro era tomar el micrófono, anunciar su matrimonio con Alejandro frente a la prensa, y declarar con “tristeza” que enviarían a Mateo a 1 institución especial por el “bien” del niño.
Alejandro llegó a la gala empujando la silla de ruedas de Mateo. El niño tenía la mirada vacía. Valeria, vestida con 1 espectacular vestido rojo brillante, sonrió triunfante al verlos. Las cámaras de 20 periodistas disparaban flashes sin parar.
—Damas y caballeros —anunció Valeria desde el escenario, tomando el micrófono—. Hoy es 1 noche de amor y sacrificio. Mi futuro esposo y yo hemos tomado la dolorosa decisión de internar a nuestro amado Mateo en 1 centro especializado en Suiza, porque su mente nunca sanará…
Pero antes de que pudiera terminar la frase, las inmensas puertas de cristal del salón se abrieron de golpe. Eran Citlalli y Rosa, acompañadas por el chofer personal de Alejandro, quien creía en la inocencia de las niñas.
Valeria palideció. —¡Seguridad! ¡Saquen a esa basura de aquí! —gritó por el micrófono, perdiendo por completo la compostura.
Citlalli ignoró a los guardias. Corrió hacia el centro de la pista, justo frente al escenario donde estaba la silla de ruedas. La pequeña niña cerró los ojos, levantó las manos y comenzó a cantar a capela 1 melodía dulce y poderosa, la misma canción de cuna que había usado durante semanas en la mansión.
El salón entero de 500 invitados quedó en absoluto silencio.
En la silla de ruedas, los dedos de Mateo empezaron a moverse. Luego sus brazos. Alejandro, con el corazón latiendo a 1000 por hora, dio 1 paso atrás. Lentamente, con un esfuerzo sobrehumano, Mateo se apoyó en los descansabrazos de su silla.
1 pierna tocó el piso. Luego la otra.
Frente a las cámaras de televisión, los fotógrafos y la élite del país, el niño de 7 años se puso de pie. No era perfecto. Sus piernas temblaban como hojas en el viento, pero estaba de pie. La multitud ahogó 1 grito de asombro. Citlalli le extendió las manos. Mateo dio 1 paso. Luego 2 pasos. Caminó hasta estar frente al escenario, mirando directamente hacia arriba, hacia donde Valeria estaba paralizada por el terror.
La música de Citlalli se detuvo. El silencio en la enorme sala era ensordecedor.
Mateo levantó su pequeño dedo índice y señaló directamente a la cara de Valeria. Su voz, clara y llena de 1 rabia que ningún niño debería conocer, resonó en todo el recinto.
—No estoy loco, papá —dijo Mateo, sin dejar de mirar a la mujer—. Y no dejé de caminar por el choque. Dejé de caminar porque tenía miedo de que ella me hiciera lo mismo que le hizo a mamá.
Un murmullo de horror recorrió a los invitados. Alejandro sintió que la sangre se le congelaba en las venas. Corrió hacia su hijo y se arrodilló frente a él.
—¿De qué hablas, mi amor? ¿Qué hizo ella? —preguntó Alejandro, con la voz quebrada.