PARTE 1
“Firma el divorcio. Ya no tienes a nadie que te defienda.”
Mi esposo me dijo eso frente a la tumba fresca de mis padres, mientras la tierra todavía caía sobre sus ataúdes.
El cielo estaba gris sobre el panteón de San Andrés, en Puebla, y yo apenas podía sostenerme de pie. Mis papás habían muerto tres días antes en un choque en la autopista México-Puebla. Un tráiler se quedó sin frenos y se llevó el coche donde ellos venían de regreso de visitar a mi tía.
Mi hija Camila, de siete años, me apretaba la mano con sus deditos fríos. No entendía del todo la muerte, pero sí entendía que su mamá estaba rota.
Me llamo Mariana Salazar, y aquel día pensé que ya no podía perder más.
Entonces apareció Alejandro, mi esposo.
Traía traje negro, pero no parecía de luto. Parecía alguien llegando tarde a una junta. Se acercó sin abrazarme, sin mirarme con compasión, y me puso un sobre grueso en las manos.
“¿Qué es esto?”, pregunté, aunque mi cuerpo ya lo sabía.
“Los papeles del divorcio”, respondió. “Fírmalos.”
Lo miré como si estuviera frente a un desconocido.
“¿Hoy? ¿En el funeral de mis papás?”
Alejandro soltó una risa seca.
“Tus papás dejaron deudas, Mariana. La casa, los préstamos, todo eso ahora te cae encima. Yo no voy a hundirme contigo.”
Sentí que el mundo se me iba de lado.
Antes de que pudiera responder, una camioneta blanca de lujo se estacionó cerca de la entrada del panteón. De ella bajó una mujer alta, rubia, con lentes oscuros y abrigo caro, como si estuviera llegando a una comida en Polanco y no a un entierro.
La reconocí de inmediato: Valeria Montemayor, heredera de una familia hotelera de Monterrey. La mujer con la que Alejandro “trabajaba hasta tarde”.
Camila la miró confundida.
Alejandro tomó a mi hija de la mano.
“¿A dónde vamos, papá?”, preguntó ella.
“Conmigo”, dijo él. “Vas a vivir mejor.”
Se me heló la sangre.
“No”, dije, poniéndome entre ellos. “Camila se queda conmigo.”
Alejandro se inclinó hacia mí y murmuró:
“No tienes dinero ni para pagar la renta del próximo mes. Yo ya arreglé todo.”
Sacó unos documentos. Custodia temporal. Firmas. Sellos. Cosas que yo jamás había visto.
“Eso es mentira”, dije temblando.
Pero él ya estaba levantando a Camila en brazos.
“Mamá, no quiero irme”, gritó ella, golpeando la ventana de la camioneta.
Corrí detrás del vehículo, resbalando en el lodo, llorando, suplicando.
La camioneta se alejó.
Y ahí, junto a la tumba de mis padres, entendí que Alejandro no solo me había abandonado.
Me había robado a mi hija.
Y lo peor era que todavía no sabía hasta dónde estaba dispuesto a llegar…