Una viuda y sus hijos durmieron en una gruta… y despertaron con una sorpresa increíble.
La noche se había cerrado sobre la sierra como una manta pesada, negra y húmeda.
Entre las paredes de piedra, el aire olía a musgo frío, tierra vieja y humo apagado.
Catalina no pudo dormir.
Tenía a sus tres hijos acurrucados a un lado, cubiertos con el zarape de Esteban, y aun así le parecía que el frío los tocaba por dentro.
Tomás, el mayor, dormía con una mano sobre el hombro de Carlitos, como si a sus nueve años ya entendiera que había heredado una responsabilidad que nadie debía poner sobre un niño.
Lupita se había quedado dormida con los labios entreabiertos, después de preguntar tres veces si mañana habría pan.
Carlitos respiraba con pequeños sobresaltos, escondido bajo la tela áspera, buscando en sueños el calor de un padre que ya no estaba.
Catalina permanecía sentada contra la pared de piedra, con el rebozo apretado contra el pecho.
Miraba la entrada de la gruta sin parpadear.
Afuera, el viento bajaba de los cerros con un silbido largo, arrastrando hojas secas, polvo y sonidos que parecían pasos cuando una tenía demasiado miedo.
No rezaba.
No porque no creyera, sino porque estaba demasiado cansada para pedir.
Había pedido cuando Esteban llegó sin vida al pueblo.
Había pedido cuando don Erasmo le quitó el jacal.
Había pedido cuando tocó puertas y todas se cerraron antes de que terminara de explicar que podía lavar, cocinar, barrer corrales, cuidar enfermos, hacer cualquier cosa con tal de darles techo a sus hijos.
Pero en San Isidro del Monte, la compasión también le pertenecía a don Erasmo Villarreal.
El pueblo estaba al norte de Durango, metido entre montañas secas y barrancos silenciosos.
Las casas eran de adobe cuarteado, con techos de lámina, patios de tierra y perros flacos echados bajo la sombra.
Las mañanas olían a leña y café aguado.
Las tardes olían a polvo caliente.
Y en todas partes se sentía la presencia de don Erasmo, aunque no estuviera ahí.
Don Erasmo era dueño de los ranchos, de las acequias, de los pozos buenos y de los camiones que llevaban maíz a la ciudad.
Prestaba semillas con intereses que nadie entendía, rentaba y quitaba casas según su humor, y hablaba con el presidente municipal como quien habla con un peón más.
En San Isidro, la gente decía su nombre en voz baja.
No por respeto.
Por miedo.
Esteban, el esposo de Catalina, había trabajado para él desde que llegaron al pueblo cinco años antes.
Era un hombre de pocas palabras, con manos grandes, uñas siempre oscuras de tierra y una paciencia que parecía no acabarse nunca.
Salía antes del amanecer, regresaba cuando los niños ya estaban medio dormidos y aun así encontraba fuerzas para sentarse con ellos en el suelo, contarles historias de burros testarudos y hacer reír a Lupita hasta que le dolía la panza.
Catalina lo había amado en silencio, como se ama cuando la vida no deja mucho espacio para lujos.
No tenían muebles buenos ni ropa nueva.
Tenían una olla, dos petates, una mesa coja y una imagen de la Virgen con el marco roto.
Pero cuando Esteban entraba por la puerta y se quitaba el sombrero, la casa parecía menos pobre.
Todo terminó una tarde