PARTE 1
“Si te vuelves a desmayar para hacerte la víctima, te pongo cero en el proyecto.”
Eso fue lo último que escuché antes de que el piso frío del salón 2-B se me viniera encima.
Mi nombre es Marisol Hernández, tengo trece años y estudio en una secundaria pública de Iztapalapa, de esas donde todos creen saber quién eres por tu mochila, tus tenis o si tu mamá llega tarde a las juntas. Ese martes nos tocaba exponer un trabajo de Historia. Yo llevaba dos semanas sintiéndome mal: mareos, presión en el pecho, las piernas flojas como si fueran de papel.
Pero para la maestra Patricia, todo era “drama”.
Diez minutos antes levanté la mano.
“Maestra, ¿puedo ir a la enfermería? Me siento muy mal.”
Ni siquiera me miró. Estaba revisando su celular detrás del escritorio.
“Qué curioso, Marisol. Siempre te enfermas cuando tienes que pasar al frente.”
“No es eso, de verdad…”
“Siéntate. No voy a permitir otro numerito.”
Algunos compañeros se rieron bajito. Otros fingieron no escuchar. Yo me quedé sentada, apretando los dedos contra la mesa, tratando de respirar despacio.
El pizarrón empezó a moverse. Las letras se alargaron. Las voces se hicieron lejanas, como si estuviera bajo el agua. Sentí un ardor horrible en el pecho y luego… nada.
Cuando abrí los ojos apenas un poquito, no podía moverme. Veía las patas de las bancas, los tenis de mis compañeros, una pluma tirada junto a mi cara. Escuchaba murmullos.
“Ya, Marisol, levántate”, dijo la maestra Patricia, con una voz cansada. “No estamos para juegos.”
Pero yo no estaba jugando.
Una compañera, Valeria, se levantó de golpe.
“¡Maestra, no responde!”
“Valeria, siéntate.”
“¡Está pálida!”
Alguien corrió por el prefecto. Otro gritó que llamaran a una ambulancia. La maestra Patricia caminaba de un lado a otro, molesta, como si mi cuerpo en el piso fuera una falta de respeto.
Cuando llegaron los paramédicos, uno se arrodilló junto a mí y me puso algo en el dedo. Un aparato comenzó a sonar de manera irregular.
“¿Cuánto tiempo lleva inconsciente?”, preguntó.
La maestra contestó rápido:
“Un minuto, quizá menos. Ella suele exagerar.”
“No”, dijo Valeria desde atrás, con la voz temblorosa. “Fueron como cinco minutos. Y ella pidió ayuda antes.”
El salón se quedó helado.
El paramédico levantó la mirada.
“¿Pidió ir a enfermería?”
Nadie habló.
La maestra Patricia apretó los labios.
“Yo tomé una decisión. Es una alumna conflictiva.”
Entonces el aparato sonó más fuerte.
“Su pulso está bajando”, dijo el paramédico.
Y cuando me pusieron la mascarilla de oxígeno, alcancé a escuchar a Valeria decir algo que hizo que todos voltearan hacia el escritorio de la maestra.
“¿Y ese papel con el nombre de Marisol?”
La maestra Patricia se quedó blanca.
Nadie podía creer lo que estaba a punto de pasar…