Diego y Sofía estaban en sus camas, pero cada ruido me hacía levantarme. Sofía se había quedado dormida abrazando su conejito de peluche, con los ojos hinchados de tanto llorar. Diego, en cambio, fingía estar bien.
“Yo la cuidé, mami”, me dijo bajito. “Le dije que no se moviera de la banqueta.”
Mi hijo de siete años había tenido que actuar como adulto porque sus abuelos decidieron que el peinado de Valeria importaba más que su seguridad.
Cuando Andrés me llamó desde Guadalajara, traté de contarle sin quebrarme, pero no pude. Él tomó el primer vuelo de regreso.
Mientras tanto, yo abrí Instagram.
Sabía que Valeria iba a subir algo. Ella siempre subía todo.
Y ahí estaba.
Una historia publicada a las 10:52 de la mañana: Valeria en una silla de salón, envuelta en una capa negra, sonriendo como reina de telenovela.
“Crisis resuelta. Mi mamá siempre me salva.”
Mi mamá había comentado con corazones:
“Todo por mi princesa.”
Seguí mirando.
A la 1:17 de la tarde, otra foto: Valeria, mi mamá y mi papá tomando café frío en una terraza de Angelópolis.
“Día perfecto con mis papás antes de la sesión.”
A esa misma hora, mis hijos estaban en la casa de Doña Lupita comiendo quesadillas que ella les había preparado porque nadie de mi familia se había preocupado por darles de comer.
Tomé capturas de pantalla. Las imprimí. Las guardé en la misma carpeta que mi mamá había ignorado.
Al día siguiente fui a la primaria de Diego.
La secretaria, la señora Patricia, me recibió con cara de preocupación.
“¿Todo bien, señora Mariana?”
“No”, respondí. “Necesito quitar a Carmen Torres y Roberto Torres como contactos de emergencia. Desde hoy no pueden recoger a mis hijos bajo ninguna circunstancia.”
La señora Patricia no preguntó más. Solo me acercó el formato.
Cuando taché los nombres de mis padres, sentí que estaba cortando una cuerda vieja, podrida, que me había mantenido atada durante años.
Después fui con un cerrajero.
Cambié la chapa de la puerta principal, la del patio, la clave del portón y hasta el control del garaje. La llave que mi mamá tenía desde que me casé dejó de servir.
A media tarde empezaron las llamadas.
Primero mi mamá.
Luego mi papá.
Después Valeria.
No contesté.
Los mensajes llegaron uno tras otro.
“Estás exagerando.”
“Tu mamá está llorando.”
“Fue solo un malentendido.”
“Los niños estaban cerca de una vecina.”
“Familia es familia.”
Valeria me mandó uno más largo:
“No puedes destruir a la familia por un berrinche. Mamá solo me ayudó un ratito. Además, tus hijos no son de cristal.”
Ese mensaje me confirmó que nadie entendía nada.
El viernes fui con una abogada en el centro. Se llamaba Licenciada Herrera, una mujer seria, de cabello recogido, que no hizo gestos cuando le conté lo ocurrido.
“Quiero modificar mi testamento”, le dije. “Si a Andrés y a mí nos pasa algo, mis hijos no quedan con mis padres. Jamás.”
Ella levantó la mirada.
“¿Tiene a alguien más de confianza?”