—Claro que me importan —espetó ella, al fin perdiendo el control—. ¡Todo esto me pertenece! ¡Lo construí a golpes de silencio, de alianzas, de sangre fría! ¿Y ahora aparece esta muchacha con su cara de víctima, con una panza que puede partir en dos el apellido Ferrer?
Matilde temblaba de indignación.
—No estás hablando de una panza. Estás hablando de tu hija. Y de tu nieto.
Renata giró hacia ella con una mirada asesina.
—No tengo hija. No tengo nieto. Tengo un error que debió desaparecer hace veintiséis años.
Elena lanzó un gemido ahogado y se llevó una mano al vientre.
Luego vino el dolor.
Se dobló de repente.
Un gesto pequeño al principio.
Después otro más fuerte.
Matilde la sostuvo.
—¿Qué pasa? ¿Qué tienes?
Elena respiró con dificultad.
—Me duele… me duele mucho…
Alejandro rodeó la barra en dos zancadas.
Vio la mancha roja antes que nadie.
Un hilo oscuro bajando por la pierna de Elena.
Y todo se volvió urgente.
—¡Traigan el coche! —rugió, volteándose hacia el chofer—. ¡Ahora!
Matilde palideció.
—Está sangrando…
Elena empezó a llorar con un pánico puro, animal.
—No… mi bebé no… por favor no…
Alejandro la sostuvo antes de que cayera.
Sintió su cuerpo temblando entre sus brazos, liviano y deshecho.
Y entonces Renata dijo algo tan monstruoso que la cocina entera pareció quedarse sin aire.
—Tal vez sea lo mejor.
Alejandro levantó la cabeza despacio.
Nunca había odiado a nadie.
No de verdad.
Hasta esa noche.
Se acercó a Renata con una calma mortal.
—Escúchame bien —dijo, cada palabra afilada como vidrio—. Se terminó. Nuestro matrimonio, tu lugar en esta casa, tu lugar en mi empresa y cada mentira con la que has respirado durante décadas. Si Elena o ese bebé sufren algo más, voy a destruirte aunque tenga que incendiar mi apellido para hacerlo.
Renata lo miró, aún desafiante.
Pero ahora había miedo.
Uno real.
Porque entendió que Alejandro no estaba amenazando.
Estaba prometiendo.
Él se volvió hacia Matilde.
—Vas con nosotros.
Luego al chofer:
—Llama al hospital Ferrer. Quiero quirófano listo, ginecólogo, seguridad privada y a mi abogado despierto en diez minutos.
Cargó a Elena en brazos.
Ella se aferró a su saco con desesperación.
—No deje que se lo lleven —susurró entre sollozos—. No deje que me hagan lo mismo que me hicieron a mí…
Alejandro sintió que algo dentro de él se partía.
—No voy a dejar que nadie te toque —le dijo—. Te lo juro.
Caminó hacia la salida mientras la lluvia golpeaba los ventanales como si la ciudad completa estuviera escuchando.
Detrás de él, Mila comenzó a ladrarle a Renata con una furia que nunca le habían conocido.
Matilde iba llorando a su lado.
Y Renata se quedó sola en la cocina, inmóvil, con el vestido perfecto, el maquillaje intacto y la vida derrumbándose a su alrededor.
Pero justo cuando Alejandro cruzaba el umbral con Elena en brazos, el teléfono de la casa sonó.
Nadie quería detenerse.
Nadie quería mirar atrás.
Hasta que el chofer contestó… y se quedó helado.
—Señor… —dijo, pálido—. Es de la Fiscalía.
Alejandro giró apenas el rostro.
—¿Qué quieren?
El chofer tragó saliva.
—Dicen que acaban de detener a Julián Ferrer en el aeropuerto… porque una enfermera de una clínica privada lo denunció hace una hora.
Alejandro sintió a Elena temblar entre sus brazos.
—¿Denunció qué?
El chofer miró a Renata, luego a Matilde, luego a la sangre en el suelo.
Y respondió con una voz que dejó a todos sin aliento.
—Dice que Julián quiso pagarle para desaparecer a un recién nacido… en cuanto naciera el bebé de Elena.