El guardia de la escuela me llamó: «Un hombre lleva tres días esperando a su nieta en la entrada»

Todos los días, sin excepción. A las doce y media me pongo el abrigo, guardo las llaves en el bolsillo derecho porque el izquierdo tiene un agujero desde hace meses que nunca termino de coser, y camino los ocho minutos que separan mi casa de la Escuela Primaria Benito Juárez. Conozco cada grieta de esa acera. Conozco al señor del puesto de elotes que me saluda con un gesto de cabeza desde hace dos años sin que ninguno de los dos haya aprendido el nombre del otro. Conozco el árbol grande de la esquina donde Lucía insiste en detenerse a buscar hormigas aunque eso signifique llegar a casa diez minutos más tarde.

Soy su abuelo. Soy lo que queda.

Su madre, mi hija Fernanda, murió hace cuatro años en un accidente en la autopista de regreso de un viaje de trabajo. Lucía tenía cinco años. El padre, que nunca fue demasiado padre ni en los buenos tiempos, desapareció con una velocidad que hubiera sido admirable si no fuera tan cobarde. Desde entonces somos ella y yo. Ella con sus nueve años y sus preguntas imposibles y su colección de piedras que clasifica por tamaño con una seriedad científica que me recuerda a Fernanda de niña. Yo con mis sesenta y siete años y mis rodillas que protestan en los días de frío y la certeza absoluta de que mientras yo esté de pie, Lucía está segura.

Esa certeza se tambaleó un martes de octubre a las once y veinte de la mañana.


Sonó el teléfono mientras yo estaba terminando de lavar los platos del desayuno. Número desconocido, pero con el prefijo del barrio.

—¿Bueno?

—Buenos días, ¿hablo con el señor Manuel Peralta? Soy Rosendo García, guardia de seguridad de la Escuela Benito Juárez.

Dejé el plato en el fregadero.

—Sí, soy yo. ¿Pasó algo con Lucía?