El guardia de la escuela me llamó: «Un hombre lleva tres días esperando a su nieta en la entrada»

—La niña está bien, señor, no se alarme. Pero necesito comentarle algo que llevamos unos días observando y que hoy decidimos reportar.

Escuché lo que siguió de pie, sin moverme, con el trapo de cocina todavía en la mano.

Desde hacía tres días, un hombre se apostaba afuera de la reja principal de la escuela en el horario de salida. No era inusual que hubiera gente esperando en esa zona, pero este hombre en particular había llamado la atención porque llegaba temprano, se quedaba durante toda la salida sin recoger a nadie, y cuando le preguntaron directamente dijo que esperaba a su sobrina, que era alumna del colegio.

El problema era Lucía.

El primer día la niña había salido por la reja y al ver al hombre se había detenido en seco. El guardia lo notó porque Lucía era una de las alumnas que conocía bien, siempre salía corriendo a abrazar al abuelo, siempre con la misma energía. Ese día no corrió. Se quedó paralizada durante un momento y luego retrocedió hacia adentro del colegio, donde la maestra de guardia la encontró escondida detrás de una columna.

El segundo día la maestra ya estaba alerta. Cuando Lucía vio al hombre desde la ventana del salón, dijo que no quería salir por esa puerta.

Hoy, tercer día, el hombre había vuelto. Y Rosendo había decidido llamarme antes de que llegara el horario de salida.

—¿El hombre dice ser tío de quién, exactamente? —pregunté.

—De su nieta, señor. Dice que es tío de Lucía Peralta.

El trapo de cocina cayó al suelo.

—Lucía no tiene ningún tío —dije—. No tiene ningún familiar de ese lado. El padre no tiene hermanos. Yo tengo una hermana que vive en Oaxaca. No hay ningún tío.

Hubo una pausa breve.

—Eso pensamos —dijo Rosendo—. Por eso llamé.

—No dejen salir a Lucía. Voy para allá ahora.

Colgué. Tomé las llaves. No el abrigo.


Caminé esos ocho minutos en cuatro.

Rosendo me estaba esperando en la puerta lateral. Era un hombre de unos cincuenta años con cara de pocos años de experiencia y mucho de cansancio, y me dio un apretón de manos que comunicaba que entendía la urgencia sin necesidad de palabras adicionales.

—Todavía está ahí —me dijo en voz baja—. Del otro lado de la reja. No ha hecho nada que justifique llamar a la policía formalmente, pero—

—¿Dónde está Lucía?

—En la dirección, con la maestra Amparo.

—Voy a verla primero.

Lucía estaba sentada en una silla frente al escritorio de la directora con las manos apretadas sobre las rodillas y esa expresión que tienen los niños cuando llevan un rato siendo valientes y están empezando a cansarse. Cuando me vio entrar se levantó de un salto y me abrazó con una fuerza que me dijo todo lo que necesitaba saber sobre los tres días que había estado cargando esto sin decírmelo.

—Abuelo.

—Aquí estoy.

La sostuve un momento. Luego me aparté lo suficiente para mirarla a los ojos.

—Lucía. Necesito que me cuentes quién es ese hombre.

Ella bajó la mirada.