—¿Lo conoces? —pregunté.
Asintió, muy despacio.
—¿De dónde?
Lo que siguió fue una historia corta en tiempo pero larga en lo que implicaba. El hombre se llamaba Gerardo. Lucía lo había visto dos veces, hacía casi un año, en un parque cerca de casa. Ambas veces estaba solo y se había acercado a hablar con ella cuando yo estaba en un banco a unos metros, distraído con el teléfono. Le había dicho que era amigo de su papá. Que su papá le mandaba saludos. Que si algún día necesitaba algo, él podía ayudarla.
La tercera vez que lo vio fue en la reja de la escuela, el martes de esa semana.
Me quedé muy quieto mientras escuchaba. Había una parte de mí que quería interrumpirla, que quería decirle que por qué no me había contado, que por qué había guardado esto sola durante un año. Pero esa conversación podía esperar. Lo que no podía esperar estaba del otro lado de la reja.
—¿Le dijiste algo a él? —pregunté.
—No. Me fui corriendo.
—Hiciste bien. Hiciste exactamente lo correcto.
La dejé con la maestra Amparo y salí con Rosendo.
El hombre estaba exactamente donde Rosendo había dicho. Tendría unos cuarenta años, complexión media, ropa común. El tipo de persona que no llamaría la atención en ningún contexto. Estaba apoyado en la pared de enfrente con las manos en los bolsillos, mirando la reja con una paciencia que era en sí misma una señal de algo.
Me acerqué al otro lado de la reja. Él me vio venir y algo en su postura cambió, no huyó, pero dejó de estar relajado.
—¿Usted es el que dice ser tío de mi nieta? —pregunté.
Me miró.
—Solo quería saludarla —dijo—. Soy amigo de la familia.
—Mi nieta no tiene tíos. Y usted no es amigo de ninguna familia que yo reconozca. —Hice una pausa—. Lleva tres días aquí. Mi nieta lo conoce y le tiene miedo. Eso es todo lo que necesito saber.
—Oiga, no hay necesidad de—
—Rosendo —dije, sin apartar los ojos del hombre—, ¿ya llamaste a la policía?
—Están en camino —respondió Rosendo desde mi lado, con una firmeza que le agradecí en silencio.
El hombre evaluó la situación durante un segundo. Luego, sin decir nada más, se alejó caminando con esa calma calculada de quien quiere parecer que se va por decisión propia.
Rosendo ya tenía el teléfono en la mano.
—Les doy la descripción y la dirección en que se fue —dijo.