—Sí. Y necesito que me den las imágenes de las cámaras de estos tres días.
La policía tomó el reporte. Las imágenes quedaron archivadas. Pusieron una patrulla de revisión periódica en el perímetro de la escuela durante las semanas siguientes.
No volvieron a ver al hombre.
Pero esa noche, cuando Lucía ya estaba dormida, me senté en la cocina con una taza de café que no tomé y estuve pensando durante un tiempo que no medí.
Pensé en los dos días anteriores, cuando Lucía había cargado ese miedo sola y yo había llegado a recogerla sin notar nada. Pensé en los momentos en el parque cuando yo estaba distraído con el teléfono. Pensé en todas las pequeñas distracciones que se acumulan cuando uno cree que el peligro es algo que les pasa a otras familias.
Al día siguiente, antes de llevarla a la escuela, Lucía y yo tuvimos una conversación larga sentados en la mesa del desayuno. Le dije que si alguien se acercaba a ella de una manera que le generara incomodidad, aunque fuera solo un poco, aunque la persona pareciera completamente normal, tenía que decírmelo ese mismo día. No al día siguiente. No cuando le pareciera el momento adecuado. Ese mismo día.
Le dije que ninguna conversación con ella iba a molestarme. Que no existía la hora mala para decirme algo que le preocupara. Que eso era lo más importante de todo.
Ella me escuchó con su seriedad habitual.
—¿Por qué no me lo dijo antes cuando vio al señor en el parque? —le pregunté.
Tardó un momento.
—Porque dijiste que no hablara con desconocidos. Y ya había hablado. Pensé que me ibas a regañar.
Cerré los ojos un segundo.
Ahí estaba. No el miedo al hombre, sino el miedo a mi reacción. El miedo a haber hecho algo mal que la había mantenido callada durante un año.
—Lucía —dije—, nunca te voy a regañar por contarme algo que te asustó. Aunque hayas hecho algo que no debías. Lo importante es que me lo cuentes. ¿Entiendes?
Asintió.
—¿Me lo prometes?
—Te lo prometo, abuelo.
La abracé. Ella me devolvió el abrazo con esa fuerza pequeña y absoluta que tienen los niños cuando confían en alguien completamente.
Esa tarde la recogí a las doce y media, como siempre. Caminamos hasta el árbol de la esquina y nos detuvimos a buscar hormigas durante diez minutos, como siempre.
El señor del puesto de elotes nos saludó con su gesto habitual.
Yo le devolví el saludo y pensé que quizás ya era hora de aprender su nombre.