PART 2: la mirada. Y lo que Diego encontró allí no fue ternura, ni sorpresa, ni emoción. Fue una frialdad limpia, impecable, más dolorosa que un grito. —¿Necesita algo, señor? —preguntó ella. El “señor” le cayó como una bofetada. —Soy yo… Diego. —Ya sé quién eres. —Entonces ¿por qué finges que no me conoces? Valeria dejó una copa sobre la bandeja y lo miró de frente. —Porque no te conozco. El niño que conocí se fue hace quince años y no volvió. Tú solo eres otro cliente con traje caro. Diego tragó saliva. Quiso defenderse, decir que no fue tan simple, que era un niño, que su padre decidió por él, que durante años pensó en ella. Pero incluso antes de hablar supo que ninguna excusa sonaría suficiente. —Lo siento —murmuró. Valeria soltó una risa sin alegría. —Claro. Quince años después. Se dio la vuelta, pero Diego, desesperado, dio un paso al frente. —Solo dame una oportunidad de explicarme. Ella se tensó. Por un segundo él creyó que lo mandaría al diablo. En cambio, Valeria cerró los ojos, respiró hondo y respondió sin mirarlo: —Mañana. A las tres. En el café de la esquina. Una hora. Ni un minuto más. Antes de que Diego pudiera agradecer, ella ya había vuelto al salón. Regresó a su mesa temblando por dentro. Los inversionistas sonrieron, levantaron sus copas, y él respondió por puro reflejo. Pero por primera vez en muchos años, Diego Herrera no estaba pensando en dinero. Estaba pensando en una promesa rota… y en la única mujer a la que jamás había logrado olvidar. La verdad que ninguno quiso mirar Al día siguiente, Diego llegó al café una hora antes. El lugar era pequeño, con mesas de madera gastada, un ventilador viejo en el techo y olor a pan dulce recién horneado. Nada que ver con los restaurantes de lujo donde solía reunirse. Y, sin embargo, mientras esperaba junto a la ventana, sintió que había más verdad en ese sitio modesto que en media vida de hoteles cinco estrellas. Valeria llegó puntual. Llevaba jeans claros, una blusa blanca sencilla y el cabello suelto. Sin uniforme, parecía más joven. Más parecida a la niña que Diego recordaba… y, al mismo tiempo, mucho más lejos de ella. Se sentó frente a él sin sonreír. —Habla. Diego respiró hondo. Le contó cómo fue irse sin despedirse, cómo su padre le prohibió volver, cómo pasó meses queriendo marcar un número que no tenía, escribiendo cartas que nunca envió. Le confesó que al principio la extrañó con desesperación, y que después empezó a acostumbrarse a una vida nueva que lo arrastró con demasiada fuerza. Le dijo la verdad más fea de todas: que hubo años en los que intentó no pensar en ella, porque recordarla era recordar la persona que había dejado atrás. Valeria lo escuchó en silencio. Cuando él terminó, ella se quedó mirando su taza unos segundos antes de hablar. —Mi mamá se enfermó ese mismo año que te fuiste —dijo al fin—. Dejé la prepa un...
El millonario encontró a su amiga de la infancia trabajando como camarera… ella fingió no conocerlo, pero lo que él hizo después la dejó completamente sin palabras