El barro comenzó a manchar el brillo perfecto de sus zapatos italianos, pero no se movió. La niña lo miraba sin miedo, aunque tampoco con esperanza. Era una mirada alerta, protectora. No confiaba en él. No confiaba en nadie.
—¿Dónde están tus padres? —preguntó Marcelo, suavizando la voz como si temiera romper algo invisible.
La niña apretó más fuerte al bebé.
—No hay —respondió, seca, directa.
El viento levantó el polvo alrededor de la casa abandonada. Marcelo observó el interior oscuro detrás de ellos: un colchón viejo, una lata oxidada, una manta húmeda. No era un refugio. Era una espera.
—¿Desde cuándo están aquí?
La niña dudó. Miró el coche, miró al hombre de traje, volvió a mirar el suelo.
—Desde que mamá se quedó dormida —dijo al fin.
Marcelo sintió un golpe en el estómago.
—¿Dónde está tu mamá?Có thể là hình ảnh về trẻ em
La niña señaló hacia el interior con la barbilla.
Marcelo avanzó. Tiago lo siguió en silencio.
Dentro, el aire era pesado. El olor a humedad se mezclaba con algo más definitivo. En un rincón, cubierta con una sábana sucia, yacía el cuerpo inmóvil de una mujer joven. Demasiado joven.
Marcelo no necesitó acercarse más.
La niña había estado esperando.
Esperando que alguien despertara a su madre.
Esperando que el mundo hiciera algo.
El bebé volvió a gemir. Un sonido más débil esta vez.
Marcelo se giró hacia Tiago.
—Llama a una ambulancia. Y a la policía.