El millonario volvió a casa temprano… entonces la criada susurró: “Guarde silencio, señor. Necesita ver esto ahora mismo.”

Su hija levantó la cara y se quedó inmóvil, como si estuviera viendo un fantasma. Luego retrocedió asustada, golpeando una maleta con el pie.

—¿Papá?

—Soy yo.

Entonces ella corrió hacia él y se le colgó del cuello con tanta desesperación que Alejandro casi cayó de rodillas. No era el abrazo feliz de una hija que ve regresar a su padre. Era el abrazo de alguien que había estado aguantando demasiado.

—Pensé que estabas en España —sollozó.

—Volví antes.

—No debías volver.

Esa frase le dolió más que cualquier golpe.

Alejandro la separó apenas para mirarla. Entonces vio las marcas rojas en su muñeca. No eran raspones. Eran dedos.

—¿Quién te hizo esto?

Valentina bajó la mirada.

Maricela contestó desde la puerta:

—La señora Renata.

Alejandro sintió que algo oscuro le subía por el pecho.

Tomó la carta de la cama.

—¿Puedo leerla?

Valentina asintió.

La letra temblorosa decía:

Papá, perdón por irme así. Intenté hablar contigo muchas veces, pero mamá dice que no me vas a creer. Dice que soy dramática, inestable y malagradecida. Dice que si hablo, todos pensarán que soy una niña rica inventando problemas. No culpes a Maricela. Ella fue la única que me dio comida cuando mamá cerró la cocina para castigarme.

Alejandro tuvo que detenerse.

Siguió leyendo.

Hoy me van a mandar a un lugar en Cuernavaca. Mamá dice que ahí corrigen a las muchachas que avergüenzan a sus familias. También quiere que firme unos papeles. Dice que si no firmo, harán creer que estoy enferma.

—¿Qué papeles? —preguntó Alejandro.

Valentina se abrazó a sí misma.

—Los de mi fideicomiso.

Alejandro levantó la vista.

El fideicomiso que su padre había dejado para Valentina al nacer contenía acciones, terrenos y derechos de voto dentro del grupo hotelero. Era intocable hasta su mayoría de edad.

O eso creía.

Maricela sacó un celular viejo de su delantal.

—Tengo grabaciones, señor. No sabía qué hacer. Tenía miedo. Pero cuando escuché que iban a llevársela esta noche, grabé todo.

—¿Qué está pasando abajo? —preguntó Alejandro.

Valentina apretó los labios.

—Mamá va a anunciar mi compromiso.

El silencio cayó como una piedra.

—¿Tu qué?

—Con Nicolás Beltrán.

Alejandro conocía ese apellido. Javier Beltrán, padre de Nicolás, era un inversionista poderoso, metido en construcción, política y favores turbios. Alejandro había rechazado hacer una alianza más profunda con él antes de viajar.

Renata, al parecer, no.

—Tiene veintitrés años —dijo Alejandro.

—Mamá dijo que era simbólico —susurró Valentina—. Que así la familia Beltrán protegería mi futuro. Pero en los papeles también aparecen mis acciones.

Alejandro se puso de pie.

Por primera vez, su riqueza le pareció un arma apuntada contra su hija.

Llamó a Héctor, su jefe de seguridad, pero no al equipo de la casa. Después llamó a Sara Villalobos, su abogada de confianza.

—Sara, necesito que vengas ahora mismo. Mi esposa está intentando quitarle el fideicomiso a mi hija y mandarla a una clínica esta noche.

La voz de Sara cambió de inmediato.

—No dejes que nadie salga con documentos.

Alejandro colgó.

Tomó las rosas aplastadas del suelo y miró a Valentina.