PARTE 2
Cinco días después, todos los portales de sociedad publicaron la misma noticia: “Sebastián Montes anuncia compromiso con Valeria Ortega, hermana de su exesposa”.
En la foto, Valeria aparecía con un vestido color champagne y una sonrisa de reina. Sebastián, recién recuperado de la vista, la abrazaba como si ella hubiera sido la mujer que lo acompañó en su oscuridad.
Lo peor fue la frase que dijo en una entrevista:
—A veces uno apunta al destino equivocado antes de encontrar el verdadero.
Me reí al leerlo. No de tristeza. De rabia.
El médico me había explicado que una cirugía podía darme más tiempo, aunque nadie garantizaba cuánto. Acepté. No porque tuviera miedo de morir, sino porque aún me faltaba hacer algo: obligarlos a mirar de frente todo lo que me hicieron.
Antes de entrar al hospital, envié una carta anónima a un periodista de espectáculos: “La nueva pareja de Sebastián Montes no nació después del divorcio. Mariana Ortega fue apartada para limpiar el camino de su hermana”.
En menos de veinticuatro horas, los rumores explotaron.
“¿Cambió a la esposa por la hermana?”
“¿Valeria siempre quiso el apellido Montes?”
“¿Y Mariana dónde quedó?”
Sebastián odiaba los escándalos. Le importaba más su reputación que cualquier persona. Y Valeria, acostumbrada a ser perfecta, no soportaba que la miraran con sospecha.
Después mandé otra pista: una fotografía antigua de Sebastián con una exsecretaria, acompañada de una nota dirigida a Valeria: “No eres la primera. Solo eres la más conveniente”.
No tuve que inventar demasiado. La verdad, bien colocada, hace más daño que cualquier mentira.
Las peleas comenzaron. Primero en privado. Luego frente a empleados. Después en cenas familiares.
Valeria lloraba y mi mamá le decía lo mismo que me dijo a mí:
—Aguanta, hija. Todos los hombres tienen carácter. No arruines tu boda por un berrinche.
Qué ironía. Por primera vez, Valeria probaba el veneno que ayudó a servirme.