PARTE 1
“Divórciate de Sebastián y devuélveselo a tu hermana. Ella era la prometida original.”
Eso fue lo primero que dijo mi mamá cuando me hizo volver a la casa familiar en Coyoacán, después de casi dos años sin preguntarme siquiera si seguía viva.
Me llamo Mariana Ortega. Hace dos años, mi familia me obligó a terminar con el hombre que amaba para casarme con Sebastián Montes, el prometido de mi hermana Valeria. Él había quedado ciego tras un accidente y, de pronto, Valeria ya no quería “arruinar su juventud” cuidando a un hombre que no podía verla.
Mis papás, desesperados porque la empresa familiar estaba quebrando, aceptaron un trato con los Montes: si una hija Ortega cumplía el compromiso, ellos invertirían millones para salvar el negocio. Y como Valeria era “delicada”, “sensible” y “merecía algo mejor”, me mandaron a mí.
Entré a esa mansión en Las Lomas como quien entra a una cárcel con vestido blanco.
Sebastián jamás me quiso. En las noches pronunciaba el nombre de Valeria. En los días me trataba como enfermera, criada y sombra. Su madre me llamaba “la esposa de reemplazo”, y cada vez que no quedaba embarazada me miraba como si yo fuera un animal defectuoso.
Lo que nadie sabía era que Sebastián me había obligado a usar un implante anticonceptivo. Mi cuerpo lo rechazó. Terminé hospitalizada, con fiebre, infecciones y una sentencia silenciosa: quizá nunca podría ser madre.
Aun así, aguanté.
Aguanté porque mi mamá me decía: “No hagas enojar a los Montes”. Aguanté porque mi papá repetía que yo le debía todo. Aguanté porque durante años me enseñaron que Valeria merecía flores y yo espinas.
Todo cambió cuando Sebastián cayó en el baño. Se golpeó la cabeza y, milagrosamente, los médicos descubrieron que podía recuperar la vista. En semanas comenzó a distinguir sombras. Luego rostros borrosos.
Ese mismo mes, a mí me diagnosticaron cáncer de pulmón avanzado.
Iba a decirles a mis padres. Creí, tontamente, que al saberlo me abrazarían.
Pero mi mamá solo me miró con frialdad.
—Mariana, ya cumpliste. Sebastián puede ver otra vez. Ahora divórciate para que Valeria ocupe su lugar.
Mi papá golpeó la mesa.
—No olvides que Sebastián era de tu hermana. ¿Quién te crees para seguir siendo la señora Montes?
Valeria, detrás de ellos, bajó la mirada con una sonrisa mínima.
Ahí entendí que nunca fui hija. Fui moneda de cambio.
Salí de esa casa con el pecho ardiendo, y cuando regresé a la mansión, Sebastián me esperaba con unos papeles firmados.
—Firma el divorcio. Te doy un departamento y dos millones de pesos. No hagas esto más incómodo.
Tomé los documentos. Sonreí.
—No quiero tus sobras.
Firmé igual.
Pero mientras salía con dos maletas viejas, juré que no me iría en silencio.
No podía creer lo que estaba a punto de pasar…