PARTE 1
—Tomás, perdón que me meta, pero en las tardes se escuchan gritos de una niña dentro de tu casa.
Me quedé parado frente al portón con las llaves en la mano, como si Doña Estela me hubiera aventado agua helada en la cara. Eran casi las ocho de la noche, yo venía llegando de una obra en Tlalnepantla, con las botas llenas de polvo y la espalda partida. Lo último que necesitaba era una vecina inventando chismes.
—Se ha de estar confundiendo, Doña Estela —le dije, tratando de no sonar grosero—. A esa hora no hay nadie en la casa.
Ella no bajó la mirada.
—Entonces usted no sabe lo que pasa ahí adentro.
Esa frase me ardió más que cualquier insulto.
Me llamo Tomás Medina, tengo 43 años y durante mucho tiempo creí que ser buen padre era pagar la renta, llenar el refri y llegar con algo de dinero cada quincena. Mi esposa, Verónica, trabajaba en una clínica dental. Yo salía antes de que amaneciera y regresaba cuando la casa ya olía a cena recalentada. Nuestra hija, Lucía, tenía 15 años y últimamente parecía vivir detrás de una puerta cerrada.
Yo decía: “Es la edad”.
Comía poco. Contestaba con frases cortas. Se encerraba sin música, sin llamadas, sin reírse como antes. Pero yo siempre encontraba una excusa para no ver demasiado.
Esa noche le conté a Verónica lo que dijo la vecina. Ella dejó su bolsa en el sillón y suspiró.
—La gente sola oye cosas. No hagas caso, Tomás.
Quise creerle. Era más fácil.
Pero dos días después, Doña Estela volvió a esperarme.
—Hoy gritó más fuerte —me dijo, con la cara pálida—. Decía: “Por favor, ya déjenme”. Usted tiene que revisar.
Esa noche subí al cuarto de Lucía. Estaba sentada en su cama, con audífonos, mirando el celular.
—¿Todo bien, hija?
—Sí, papá. Todo normal.
“Normal”. Esa palabra empezó a sonarme como una mentira.
Al día siguiente hice como que me iba a trabajar. Tomé café, me puse la chamarra y me despedí. Lucía salió con uniforme y mochila. Verónica se fue poco después. Yo manejé unas cuadras, estacioné lejos y regresé caminando.
Entré por la puerta trasera sin hacer ruido. La casa estaba quieta. Subí descalzo, revisé pasillo, sala, recámaras. Nada. Me sentí ridículo. Hasta que se me ocurrió esconderme debajo de mi propia cama.
Pasaron veinte minutos. Luego escuché la puerta abrirse.
Pasos ligeros subieron la escalera. Alguien entró a mi recámara. El colchón se hundió.
Primero fue un sollozo ahogado. Luego otro. Después una voz rota dijo:
—Por favor… ya basta.
Era Lucía.
Mi hija, que debía estar en la prepa, estaba sentada sobre mi cama llorando como si el mundo la estuviera aplastando. Desde abajo solo vi sus tenis blancos y sus calcetas del uniforme. La escuché repetir entre lágrimas:
—No voy a perder… no voy a dejar que me destruyan.
Luego se quebró por completo.
Y yo, escondido bajo la cama, entendí que no estaba descubriendo un berrinche de adolescente, sino una pesadilla que había estado ocurriendo frente a mí sin que yo la viera.
No podía creer lo que estaba a punto de salir de la boca de mi propia hija…
PARTE 2
Cuando Lucía bajó a la sala, la seguí a distancia. Se sentó en el sillón abrazándose las rodillas, con los ojos rojos y la cara sin color. Se miró en el espejo del pasillo como si buscara a la niña que había sido antes.
—Ya no puedo —susurró.
Entonces salí.
—Lucía.
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