El Taxista Que Lo Perdió Todo Por Una Mujer Sin Memoria En La Clínica-yilux1

José Daniel Fernández no era un hombre de discursos grandes. Era taxista, y eso significaba aprender la ciudad por cansancio: avenidas bloqueadas, clientes impacientes, semáforos eternos y el miedo constante de que una mala semana se tragara el mes entero.

Durante años había conducido un taxi que no era suyo. La dueña, la señora Damaris, le cobraba una letra fija y no aceptaba retrasos. José Daniel sabía que su dignidad dependía de ese volante más de lo que quería admitir.

Aquella tarde llevaba exactamente ciento cincuenta dólares en la cartera. Los había separado de monedas, propinas y vueltas pequeñas, doblados con cuidado, como si el orden del papel pudiera protegerlo de la pérdida.

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Con ese dinero pensaba pagar la última letra atrasada. Después, tal vez, compraría algo sencillo para cenar. No mucho. Solo lo suficiente para no acostarse con el estómago vacío y la cabeza llena de cuentas.

El tráfico en la avenida avanzaba con una lentitud desesperante. El aire olía a gasolina, asfalto caliente y polvo. José Daniel acababa de mirar el reloj cuando vio a la mujer por el retrovisor.

Al principio pensó que estaba buscando transporte. Levantó una mano hacia el taxi, pero el gesto no tenía fuerza. Era más una súplica que una señal, más una caída contenida que una decisión.

El vestido claro le colgaba arrugado del cuerpo. Tenía los labios secos, la piel demasiado pálida y una mirada confusa, como si la ciudad se hubiera vuelto de pronto un idioma que no entendía.

—Señor, por favor… lléveme a mi casa. Cuando llegue, le pago —alcanzó a decir cuando él bajó el cristal.

José Daniel dudó. No porque fuera cruel, sino porque la pobreza enseña a contar antes de respirar. Si aceptaba una carrera sin pago, llegaría tarde con Damaris. Si llegaba tarde, perdía el taxi.

—¿Tiene dinero, señorita? —preguntó.

La mujer intentó responder. Los ojos se le apagaron antes de completar una palabra, y el cuerpo cayó sobre la banqueta con una suavidad terrible, como ropa soltada de una cuerda.

La calle se detuvo solo a medias. Algunos miraron. Otros rodearon el cuerpo. Dos personas levantaron el teléfono, pero ninguna corrió. El motor del taxi siguió vibrando detrás de José Daniel.

Él se bajó sin pensar más. Dejó la puerta abierta, escuchó un claxon furioso y se arrodilló junto a ella. Le tocó el cuello con dedos torpes hasta encontrar un pulso débil.

Estaba viva.

Esa certeza fue suficiente para romper todas las cuentas que llevaba hechas en la cabeza. La cargó con esfuerzo, la acomodó en el asiento trasero y condujo hacia la clínica más cercana.

La Clínica Santa Lucía no era grande, pero estaba limpia y tenía una recepción iluminada. Una enfermera levantó la vista cuando José Daniel entró con la mujer en brazos y pidió ayuda.

—¿Es familiar de la paciente? —preguntó la enfermera, ya tomando un formulario.

—No. La encontré en la calle. Se desmayó.

La enfermera no fue cruel de inmediato. Primero fue práctica. Miró a la mujer, miró el taxi afuera, miró la camisa sudada de José Daniel y después hizo la pregunta que él temía